All of you

grayscale photography of people walking in train station
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Es como respirar. No tiene nada que ver con coger aire, por si lo estás pensando; ni siquiera hay órganos o músculos del cuerpo involucrados. O puede que sí. El caso es que no está relacionado de manera alguna con respirar y, sin embargo, se le parece mucho.

El tiempo tiene una manera curiosa de tejer y enredar, tensar y liberar hilos que poco a poco van sedimentando en la piel, formando capas y capas. El problema viene cuando oprimen, cuando asfixian, cuando hunden, todas esas capas. Por qué lo hacen, te preguntarás, o cómo es que no las vemos cubrirnos todo el cuerpo. Fácil: lo hacen por dentro. Van aumentando el grosor y el peso de brazos, hombros y piernas, hacen que sin darnos cuenta el universo orbite a mayor velocidad; aumenta nuestra gravedad, el tiempo, nos convierte en planetas a la deriva de un mundo inconquistable.

Sonríes; te has perdido ya, por supuesto, como cada vez que te cuento lo que se me pasa por la cabeza. Si supieras que es solo una décima parte de una décima parte de lo que pasa ahí dentro. Si supieras, tú o cualquiera de los otros, que un big bang es nada comparado con la explosión que hay en el fondo de mis ojos cada vez que veníais a mí. Y cada vez que os marchabais. Si supieras, si hubierais sabido, que en las torres, fosos y muros que dibujan el subsuelo de mi piel hay fisuras por el mero hecho de que existes, de que exististeis, ay, si lo supieras. Pero no lo harás.

Ninguno lo haréis.

Todos vosotros, todos me soltasteis de la mano en algún momento del vendaval, yo no sé cuándo, dónde ni por qué. Pero sí sé que al despertar estaba lejos, en otra galaxia, plano o laberinto, y me tuve que buscar. Siempre lo hago. Siempre acabo haciéndolo.

Siempre lo haré.

Y vosotros, todos vosotros, que fuisteis como respirar al menos una vez, os adentrasteis en la niebla tupida que se levantó de pronto, como hizo antaño y volverá a hacer otra vez, y desaparecisteis.

Permitidme, pues, que siga bailando. Eso siempre es como respirar.

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Kill the past

cefalufinal

En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Cuando dejemos de huir

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Dejemos de huir, a ninguna parte, desde cada rincón del planeta, en direcciones opuestas, porque sí y por qué  no, dejemos de huir cuando no sabemos qué buscar.

 

No importa el tiempo que pase, las veces que ocurra o la cantidad de maletas que he llenado todos estos años; cuando llega la hora ineludible, nunca me acostumbro a tenerme que marchar.

Al principio creía que era porque al hacerlo, al dar la espalda a un sitio en el que había tenido una casa, una familia, una historia, perdería el contacto con todo aquello, pondría el contador a cero y una vez llegado al próximo destino tendría de nuevo que empezar. Era doloroso y cansado enamorarse de tantos lugares y personas para tener que olvidar poco después, para hacer hueco en las maletas y en el alma a los lugares y personas que estarían por llegar. Dolía avanzar. Dolía querer, amar, y olvidar de nuevo.

Al poco me di cuenta de que incluso así, esa sensación tenía fecha de caducidad. No en vano, había cierto éxtasis en la búsqueda irrefrenable de nuevos mundos, emoción en el hallazgo y la conquista de un hogar, y casi magia en el encuentro fortuito con personajes distintos a los del anterior lugar. El resquemor duraba poco, la nostalgia, aquel dolor, porque todo lo nuevo estaba allí para asombrarte, para llenarte la boca y los ojos de luz, para coger sitio en tus entrañas y hacerte sentir que habías llegado a alguna parte al fin, a alguna parte de la que quizá no te tuvieras que marchar.

Al final, repetisteis tanto esos patrones que averiguaste la verdad. El frenesí de la llegada y la conquista y el encuentro se diluía con el paso de los días, las semanas y los meses, y los años amenazaban pronto aquellas nuevas tramas, sus personajes y todo lo demás, apuntando de manera primero medida y casual, y luego violenta y sin escrúpulos, el término de un horizonte con un punto al otro lado. Uno y final.

Así fue como te diste cuenta.

Así fue como se lo dijiste a él, que te acompañaba de ciudad en ciudad, de estación en estación, de historia en historia. Necesitabais hablarlo, parar un instante, coger aire y pensar un plan. Pero el trato había sido precisamente ese: que no había ningún plan. Y aquella brecha abrió un abismo que se tragó las maletas, los billetes de avión, la frustración y las ganas de descubrir y amar de nuevo, junto con todo lo demás.

Sus maletas están ya en la puerta. Las tuyas en el dormitorio, a punto para cerrar. Pero no vas a hacerlo, no esta vez. Él empieza a intuirlo ahora, al ver en tus ojos que no puedes más, y al descubrir en sus manos la elección de hacer lo que lleváis haciendo  durante años o arriesgarse a fracasar. Tiene miedo. No es tan valiente como tú, todavía no ha descubierto que no hay nada al otro lado de esa huida hacia delante en que habéis convertido vuestra vida, o puede que sí, pero que todavía no esté listo para enfrentarse a la verdad.

Y por eso se dirige a la puerta, se queda quieto un segundo, uno tan solo, de espaldas a todo y a ti, coge las maletas, mira los billetes con el próximo destino impreso (¿cuándo y dónde acabará?), y se marcha para siempre.

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Carlos

 

 

Realidad VS Ficción

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Lo siento*

Pasa el tiempo, pasas tú.

Al cabo de semanas, meses, años quizá, vuelves a ese lugar manchado de recuerdos, te vuelves a sentar en esa silla, en esa cama, vuelves a reconquistar tu habitación o a andar las calles de la que antaño fue tu ciudad. Y entonces te preguntas: ¿Qué ha cambiado?

Déjame que te conteste: tú.

Puntos de referencia, épocas memorables, historias marcadas con un principio y un final. A menudo no nos conformamos con el presente y decidimos viajar. No me refiero a abrir un buscador y tirar de tarjeta para comprar el primer vuelo low cost que se nos ponga delante. No. Me refiero a otro tipo de viaje. Uno para el que no hace falta salir de casa, gastar dinero o recorrer miles de kilómetros. Solo cerrar los ojos.

Hazlo. Cerrar los ojos, quiero decir. Haz memoria. Recuerda aquel momento especial, aquel beso bajo la lluvia o aquellas risas perdidas en la madrugada de un portal. Teletransporta tu cuerpo a través de los años y rodéalo de voces que suenan tan vívidas en tu cabeza como si las volvieras a escuchar. Sobrevuela esos mundos que hace años consiguieron borrar el mañana de tu mente y llenarla de felicidad. Siente en la punta de los dedos las texturas y el calor. Imagina estar de nuevo con los que ya no están. Rememora la alegría, la pena, el dolor. Pero no llores. Sé fuerte.

Porque al fin y al cabo tú no tienes la culpa de nada. Hollywood, J. K. Rowling, Alaska y Mario, Lena Dunham, las comedias románticas con final feliz, Steven Spielberg, Almodóvar, Murakami, la Coca Cola, el anuncio de la Lotería de Navidad y un millón de personas, cosas e industrias más, todos ellos son los responsables directos de lo que te pasa, de cómo te sientes, y de cómo crees que te deberías sentir. Tú no. Tú no tienes la culpa de que el mundo te ponga un espejo delante y te convierta en tu peor enemigo. Tú no eres el antagonista de tu propia historia, no el que ha puesto en tu interior tanto miedo, tanta duda, tanta frustración. Recuérdalo. Dilo en voz alta una y otra vez. Repítelo hasta que lo asimiles, hasta que lo creas, hasta que sepas que es verdad.

¿Qué es la vida?

Te ríes. Suspiras. Me dices que menuda pregunta, que cómo vas a saber tú eso. Y te doy la razón. Pero te diré algo más: la vida no es lo que nos han contado. La vida no es un frenesí o una ilusión, ni siquiera una sombra o una ficción. La vida es esto. Tócalo. Abre los ojos. Respira muy hondo y no sueltes el aire. Escucha las hojas crujir y ser arrastradas por el viento. El repiqueteo de una ventana mal cerrada. Los pitidos de los coches. Pasos y carreras por baldosas de cualquier color menos amarillas. El borboteo de una fuente. Pájaros a tu alrededor. Luz y calor. Abrazos inesperados. Caricias furtivas. Besos robados, perdidos y encontrados. Miradas paralizadas en el tiempo para siempre. Y por supuesto tú.

Aterriza, aterriza de una vez. Despréndete de máscaras y maldiciones. Enfréntate a la realidad, explótala, vívela, destrúyela y vuélvela a construir de nuevo si es preciso. Recuerda los sueños con nostalgia, pero déjalos marchar.

Y vive.

No te lo repetiré.

En tu mano está imitar las vidas de otros persiguiendo en vano unas metas autoimpuestas, o aprovechar el tiempo que te ha sido dado y disfrutarlo y aprovecharlo y hacerlo tuyo.

Porque no volverá.

*Es inexcusable este paréntesis de tiempo sin actualizar el blog, así que solo puedo pedir perdón, decir que me he equivocado y asegurar que no volverá a ocurrir 🙂