The jump

architecture building city daylight
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Ya no hay nada claro que ver. Antes lo había. Una vez lo hubo, quizá, o puede que solo confundieras las ganas con la claridad. Ganas de ser, de no temblar, de significar. Pero el miedo acaba encontrando resquicios en la piel y las paredes. Siempre lo hace.

Este no eres tú. Antes lo eras. Una vez lo fuiste, quizá, o puede que solo te sintieras cómodo bailando con aquel disfraz. Cuesta tanto dar con calzado adecuado, prendas cómodas, cálida, embriagadora, hipnótica seguridad. ¿Dónde irá la gente cuando se acaba la fiesta?

Ahora apenas echas la vista atrás. Antes lo hacías. Una vez lo hiciste y no te giraste nunca más, quizá, o puede que te preocupara más el camino que dejabas que el que tenías delante. Ahora lo has visto, el paisaje que se yergue en la distancia, el viento, el fuego, la brutalidad. Y poco a poco se te olvida el dolor de los pies, el peso en los brazos y las lágrimas secas.

No.

No se te olvida.

Es solo que el vacío llena más.

Un vacío tan grande que te abre la boca desde dentro y empuja los ojos. Aprietas. Aprietas solo un poco más. El abismo está cerca, siempre ha estado ahí.

Andar en círculos era tu plan. Lo era. Lo fue una vez. No lo será más.

 

 

Toca el abismo.

Toca saltar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Let me let you go

man wearing blue shorts holding vehicle tire facing waterfalls
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Los pies descalzos dejaban huellas en la grava negra del sendero que te había llevado hasta allí.

La bruma se levantaba del suelo como una sábana y te abrazaba y empujaba a la vez.

La piel erizada, fría, tersa, titilante.

Te agachaste en la orilla, hundiste las manos en el agua y te las llevaste colmadas a la boca.

Un trago.

Dos tragos.

Tres.

Fue entonces cuando se apoderó de tu cuerpo y tu alma el escalofrío infinito.

Los ojos cerrados, bajo la lluvia.

Nunca pensaste que harías algo así.

Y sin embargo lo estabas haciendo.

 

 

 

 

 

carlos

Kill the past

cefalufinal

En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Cuando dejemos de huir

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Dejemos de huir, a ninguna parte, desde cada rincón del planeta, en direcciones opuestas, porque sí y por qué  no, dejemos de huir cuando no sabemos qué buscar.

 

No importa el tiempo que pase, las veces que ocurra o la cantidad de maletas que he llenado todos estos años; cuando llega la hora ineludible, nunca me acostumbro a tenerme que marchar.

Al principio creía que era porque al hacerlo, al dar la espalda a un sitio en el que había tenido una casa, una familia, una historia, perdería el contacto con todo aquello, pondría el contador a cero y una vez llegado al próximo destino tendría de nuevo que empezar. Era doloroso y cansado enamorarse de tantos lugares y personas para tener que olvidar poco después, para hacer hueco en las maletas y en el alma a los lugares y personas que estarían por llegar. Dolía avanzar. Dolía querer, amar, y olvidar de nuevo.

Al poco me di cuenta de que incluso así, esa sensación tenía fecha de caducidad. No en vano, había cierto éxtasis en la búsqueda irrefrenable de nuevos mundos, emoción en el hallazgo y la conquista de un hogar, y casi magia en el encuentro fortuito con personajes distintos a los del anterior lugar. El resquemor duraba poco, la nostalgia, aquel dolor, porque todo lo nuevo estaba allí para asombrarte, para llenarte la boca y los ojos de luz, para coger sitio en tus entrañas y hacerte sentir que habías llegado a alguna parte al fin, a alguna parte de la que quizá no te tuvieras que marchar.

Al final, repetisteis tanto esos patrones que averiguaste la verdad. El frenesí de la llegada y la conquista y el encuentro se diluía con el paso de los días, las semanas y los meses, y los años amenazaban pronto aquellas nuevas tramas, sus personajes y todo lo demás, apuntando de manera primero medida y casual, y luego violenta y sin escrúpulos, el término de un horizonte con un punto al otro lado. Uno y final.

Así fue como te diste cuenta.

Así fue como se lo dijiste a él, que te acompañaba de ciudad en ciudad, de estación en estación, de historia en historia. Necesitabais hablarlo, parar un instante, coger aire y pensar un plan. Pero el trato había sido precisamente ese: que no había ningún plan. Y aquella brecha abrió un abismo que se tragó las maletas, los billetes de avión, la frustración y las ganas de descubrir y amar de nuevo, junto con todo lo demás.

Sus maletas están ya en la puerta. Las tuyas en el dormitorio, a punto para cerrar. Pero no vas a hacerlo, no esta vez. Él empieza a intuirlo ahora, al ver en tus ojos que no puedes más, y al descubrir en sus manos la elección de hacer lo que lleváis haciendo  durante años o arriesgarse a fracasar. Tiene miedo. No es tan valiente como tú, todavía no ha descubierto que no hay nada al otro lado de esa huida hacia delante en que habéis convertido vuestra vida, o puede que sí, pero que todavía no esté listo para enfrentarse a la verdad.

Y por eso se dirige a la puerta, se queda quieto un segundo, uno tan solo, de espaldas a todo y a ti, coge las maletas, mira los billetes con el próximo destino impreso (¿cuándo y dónde acabará?), y se marcha para siempre.

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Carlos