The mist

niebla-655x368

Una bocanada asfixiante en la oscuridad. El aire gélido te entra por la boca y araña el pecho desde dentro. Cierras los ojos y te notas estremecer. Te gusta. A ti te gusta estar así. El frío es la prueba irrefutable de que sigues vivo. Siempre lo fue.

Al noveno día, llegó. Como una sábana blanca, inmaculada, cegadora, la niebla cayó sobre ti y todas las cosas, y sembró el mundo de penumbra. Los estragos de la aniquilación, las trincheras aún abiertas e incluso los cráteres de las bombas no detonadas; todo, todo quedó sumido de pronto por la niebla. Sepultado por su luz.

Al principio te dio miedo. Imposible ver, estúpido retroceder, temerario avanzar. Porque no había lugar al que volver, en realidad, como tampoco meta a la que dirigirse. ¿Y razones para seguir andando? ¿Aun cuando no sabías adónde ir? Cogiste aire de nuevo, entonces. Cerraste los ojos otra vez. Sentiste la dentellada en las entrañas y en la piel, el escalofrío eterno, el hielo despedazador.

Y te quedaste quieto.

Así fue como te diste cuenta: el miedo era solo una ilusión. Como también aquello que habías estado admirando a lo lejos antes de que se posara la niebla. Ella era la verdad. La bruma. El blanco. La ceguera. El infinito inasible que te oprimía y comprimía sacándote por la boca y las manos lo poco que te quedaba dentro. Debías hacerlo: echarlo todo. Quedarte vacío. Desnudo. Solo en plena nada.

Debías hacerlo para empezar a Ver.

Porque la nada era todo cuanto nunca habías visto.

Y aun así era mucho más que todo lo que siempre habías tenido la oportunidad de mirar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

Anuncios