The jump

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Ya no hay nada claro que ver. Antes lo había. Una vez lo hubo, quizá, o puede que solo confundieras las ganas con la claridad. Ganas de ser, de no temblar, de significar. Pero el miedo acaba encontrando resquicios en la piel y las paredes. Siempre lo hace.

Este no eres tú. Antes lo eras. Una vez lo fuiste, quizá, o puede que solo te sintieras cómodo bailando con aquel disfraz. Cuesta tanto dar con calzado adecuado, prendas cómodas, cálida, embriagadora, hipnótica seguridad. ¿Dónde irá la gente cuando se acaba la fiesta?

Ahora apenas echas la vista atrás. Antes lo hacías. Una vez lo hiciste y no te giraste nunca más, quizá, o puede que te preocupara más el camino que dejabas que el que tenías delante. Ahora lo has visto, el paisaje que se yergue en la distancia, el viento, el fuego, la brutalidad. Y poco a poco se te olvida el dolor de los pies, el peso en los brazos y las lágrimas secas.

No.

No se te olvida.

Es solo que el vacío llena más.

Un vacío tan grande que te abre la boca desde dentro y empuja los ojos. Aprietas. Aprietas solo un poco más. El abismo está cerca, siempre ha estado ahí.

Andar en círculos era tu plan. Lo era. Lo fue una vez. No lo será más.

 

 

Toca el abismo.

Toca saltar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Kill the past

cefalufinal

En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

La explosión

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Te tiemblan las manos. Todo, todo el rato. Lo ocultas moviéndote deprisa, sonriendo mucho, haciendo bromas y contando chistes sin parar. Lo intentas. Y lo haces como si te saliera de verdad (¿lo hace?), como si el temblor estuviera fuera de lugar, fuera un eco imperceptible, esa sombra en el fondo de los ojos que casi nadie nunca ve.

Pero está ahí.

Y bajo la piel casi siempre fría y suave de las manos -ya cansadas, aun así-, junto con los nervios y la carne trémula y menuda, una especie de néctar viscoso y fino y caprichoso se te derrama por dentro y esparce por el cuerpo. Lo conquista. Luchas, por supuesto. Te resistes, o te intentas resistir. Aúnas fuerzas, izas velas, levantas armas, construyes muros de cristal. Pero la tormenta hace mucho que llegó, y sabías que llegaría, y sabías que estaba aquí, y sabías que iba a por ti.

Pero no tiemblas por eso.

Lo haces, tiemblas, tienes miedo, por lo que está por venir. Porque ya sientes en tu cuerpo el eco brutal del dolor, que sacudirá la tierra como un meteoro y te arrasará por dentro y por fuera. Desde la más recóndita fibra hasta la superficie de tu ya repulsivo y desterrado cuerpo. Porque caer llevas cayendo mucho, mucho tiempo, pero ahora es cuando ves el fondo del abismo, y el impacto promete quebrar todas tus defensas.

Tiemblas porque todo se venga abajo.

Tiemblas por la cuenta atrás.

Tiemblas por él.

Por ti.

Y porque cuando la onda expansiva se disperse en la distancia, cuando el polvo se asiente y la radiación muestre el yermo páramo en que se habrá convertido tu pecho,

 

no quede nada.

 

 

 

 

 

 

 

carlos