This is how it ends

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Con las manos abiertas, boca arriba todos los hilos que tiran de ti, junto con las cicatrices. El aire te sale por la boca a ráfagas intermitentes. Ya no quedan rincones en tu cuerpo que respeten el orden. Parpadeas nervioso; estás a punto de hacer algo que no te imaginabas capaz de hacer. Lo estás haciendo ya, en realidad. Quizá desde hace tiempo.

Te tomas el pulso incesante y bajas los brazos. Cierras la boca. Coges aire con fuerza, por la nariz, mientras incluso entrecierras los ojos un momento. Es una ceremonia, todo esto, un ritual, algo sagrado. Detonar bombas lo es, abortar misión, romper cristales, flotar como el aire, desintegrarse aquí y allí y en todas partes, dejar de existir. El frío en sí debería ser una religión. Puede que lo sea. Quizá tú seas su Dios.

El primer paso siempre es el más difícil. Duele. Te duelen tantas cosas que no sabrías por cuál empezar. Pero el frío te envuelve con mimo y te aletarga. Él es el único que te ha seguido hasta aquí, y el que permanecerá cuando todos se hayan ido. Pero luego llega el segundo paso, y con él el hielo se hace frágil, polvo, transparente, y para cuando logras dar un tercero y un cuarto ya ni siquiera piensas en parar.

El dolor y el frío y el abismo se vuelven uno. Alzas la vista, aliento blanco entre los dientes, los pies en el lodo, la nada se yergue sobre sus patas traseras, sonríe con dientes de jauría hambrienta desde lo alto de la colina, y salta sobre ti.

 

 

O quizá tú saltaras antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

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