La explosión

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Te tiemblan las manos. Todo, todo el rato. Lo ocultas moviéndote deprisa, sonriendo mucho, haciendo bromas y contando chistes sin parar. Lo intentas. Y lo haces como si te saliera de verdad (¿lo hace?), como si el temblor estuviera fuera de lugar, fuera un eco imperceptible, esa sombra en el fondo de los ojos que casi nadie nunca ve.

Pero está ahí.

Y bajo la piel casi siempre fría y suave de las manos -ya cansadas, aun así-, junto con los nervios y la carne trémula y menuda, una especie de néctar viscoso y fino y caprichoso se te derrama por dentro y esparce por el cuerpo. Lo conquista. Luchas, por supuesto. Te resistes, o te intentas resistir. Aúnas fuerzas, izas velas, levantas armas, construyes muros de cristal. Pero la tormenta hace mucho que llegó, y sabías que llegaría, y sabías que estaba aquí, y sabías que iba a por ti.

Pero no tiemblas por eso.

Lo haces, tiemblas, tienes miedo, por lo que está por venir. Porque ya sientes en tu cuerpo el eco brutal del dolor, que sacudirá la tierra como un meteoro y te arrasará por dentro y por fuera. Desde la más recóndita fibra hasta la superficie de tu ya repulsivo y desterrado cuerpo. Porque caer llevas cayendo mucho, mucho tiempo, pero ahora es cuando ves el fondo del abismo, y el impacto promete quebrar todas tus defensas.

Tiemblas porque todo se venga abajo.

Tiemblas por la cuenta atrás.

Tiemblas por él.

Por ti.

Y porque cuando la onda expansiva se disperse en la distancia, cuando el polvo se asiente y la radiación muestre el yermo páramo en que se habrá convertido tu pecho,

 

no quede nada.

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

 

 

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