Let me let you go

man wearing blue shorts holding vehicle tire facing waterfalls
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Los pies descalzos dejaban huellas en la grava negra del sendero que te había llevado hasta allí.

La bruma se levantaba del suelo como una sábana y te abrazaba y empujaba a la vez.

La piel erizada, fría, tersa, titilante.

Te agachaste en la orilla, hundiste las manos en el agua y te las llevaste colmadas a la boca.

Un trago.

Dos tragos.

Tres.

Fue entonces cuando se apoderó de tu cuerpo y tu alma el escalofrío infinito.

Los ojos cerrados, bajo la lluvia.

Nunca pensaste que harías algo así.

Y sin embargo lo estabas haciendo.

 

 

 

 

 

carlos

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Kill the past

cefalufinal

En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos