Capítulo XXIII: La falta

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Me hablaste entonces de los años que siguieron a aquel. De cómo el tiempo, las estaciones, los días y las noches, el ciclo mismo de la vida cambió desde lo más profundo hasta lo más superficial. Y de cómo todo, en realidad, siguió de alguna forma imperturbable, como si el cambio que suponía para vosotros el haberos casado, mudado y empezado a formar el núcleo de lo que acabaría siendo una familia, fuera algo trivial.

El mero hecho de vivir en la calle Colón, a un paso de casa de tus padres y abuelos, era al mismo tiempo familiar, harto conocido, y también nuevo. Todo era distinto, ahora, estimulante. Aun cuando la vida pasaba alrededor sin detenerse a observar cómo habíais crecido, avanzado tanto en tan poco tiempo, encontrado vuestro camino. Descubrir que el mundo sigue girando no deja de ser extraño. No hay ecos en el horizonte cuando uno conquista su presente; cuando tomamos las riendas de nuestra existencia o hallamos de manera casual la senda largo ansiada, no hay aplausos, vítores ni palmadas en la espalda. Cada día, en algún lugar, alguien se enfrenta a una fuerza insostenible y logra derribarla. Ojalá, deseaste entonces, todos los que lo hacen, quienes luchan, tuvieran la misma suerte que tuviste tú. Sabías que no era así.

Al casarse, las mujeres dejaban por norma general de trabajar. Si hubieras querido, habrías tenido dos semanas de vacaciones para el viaje de novios y te habrías reincorporado a la vuelta. Sin embargo, al decir en la fábrica que te casabas, se activó la inercia de la tradición y enseguida te prepararon los papeles para rescindir el contrato. Casarse significaba libertad, por un lado, al abandonar la casa de tus padres, pero, curiosamente, significaba también una cierta sumisión, dependencia si no congénita, sí económica, del marido. Por eso cuando a la semana siguiente de haber vuelto de Canarias se presentó en vuestra casa el Fulgen —encargado de Calzados Manuel Rey con el que siempre habías tratado—, supiste de inmediato lo que tenías que hacer.

—¿Qué te ha dicho? ¿Qué quería? —te preguntó Martín.

—Que vaya mañana a trabajar.

—¿A la fábrica?

—Sí.

Martín calló, agachó la cabeza sobre la mesa de la cocina de la casa que vosotros mismos, con vuestras manos, habíais convertido en un hogar. Las paredes agrietadas, las tejas rotas, los muebles gastados y las puertas desconchadas, todo lo habíais ungido de trabajo y voluntad para convertir aquella cambra antigua y desvencijada en un lugar cálido, confortable, donde se pudiera vivir con dignidad. Pero él sabía, tanto como tú, que con un único sueldo no podríais aspirar a mucho más. Erais humildes —nunca dejaríais de serlo—, habíais nacido en el tiempo de la tierra y el polvo, en familias con las que nunca os había faltado de nada, pero con las que tampoco había sobrado. Había cosas que no podían cambiar, pero el futuro no era una de ellas. Era pronto para hablar de niños, de familias, de porvenir, llevabais tanto tiempo esperando estar juntos que qué sentido tenía ahora preocuparse por el qué vendrá, pero aun así Martín levantó la mirada y halló al otro lado de la mesa austera de la cocina que él había montado los ojos de su mujer, de una mujer que pensaba, sabía y que, ahora, también podía elegir.

—¿Y qué vas a hacer? —te preguntó.

—Pues ir —contestaste.

Esos ingresos, con los que no contabais en un principio, os permitieron comprar un coche poco antes de que acabara el año. Fuisteis al concesionario y estuvisteis viendo vehículos de todas las formas y colores y marcas, mas para ti no eran unos muy distintos de los otros.

—El que te guste a ti —le dijiste.

Él viró entre el laberinto de carrocerías y halló de frente el morro ancho, aplastado, sólido, solemne, de un reluciente Renault 12 blanco.

—Este.

Habiéndose casado ya todos los que formaban vuestro círculo más íntimo, raro era el fin de semana que pasabais en casa, si bien las cenas, las excursiones y los viajes constantes carretera arriba y abajo decayeron pronto, cuando los amigos veteranos empezaron a ser padres. La primera en quedarse embarazada fue María, la de Ramiro. No en vano ellos habían sido los primeros en casarse, antes incluso de que los conocierais y os convirtierais en buenos amigos por mediación de la Conchita y Toni, hermana y cuñada de la Paqui. Cuando María y Ramiro dieron la noticia, una ola te aplacó el estómago y cogiste a toda prisa la mano de tu amiga y la apretaste fuerte. Llevaban mucho tiempo queriendo ser padres, María lo deseaba como nada en el mundo, y tú lo sabías. Tanto era así, que cuando quedabais los fines de semana y María aparecía apagada, taciturna, distante, sabías que era sin duda porque le había bajado el período, lo que marcaba el fracaso de un mes más.

—Yo estoy más contento que nada, porque no tengo que llevar cuidado —reía Ramiro cuando salía el tema, recurrente en un tiempo en que tener hijos era el paso siguiente lógico y directo después del matrimonio.

—Pues yo no estoy tan contenta —le reñía María—, porque pasan los meses y aquí estamos.

—Conchita, Martín, vosotros esperaros un poco, que no hay prisa —seguía bromeando Ramiro, cuyo sentido del humor hacía de bastión para todo y todos.

—Nosotros nos vamos a esperar un poco, ¿verdad, nena? —te decía Martín.

Claro que queríais ser padres, pero dado que no habíais podido disfrutar de los años de noviazgo, tampoco queríais correr. Por aquel entonces no había métodos de protección, además, y si los había, no eran fáciles de conseguir. Ambos, Martín y tú, fuisteis a preguntar a farmacias diferentes no una vez ni dos, porque sabíais que existían tales medios, pero solo los vendían bajo prescripción médica y, de normal, si preguntabas por ellos, cuanto recibías era una mirada agria y una negativa por respuesta.

Seguíais, así, las instrucciones que dictaban los libros del joven y de la joven que ambos habíais leído durante la adolescencia, para saber los días fértiles del ciclo y también aquellos en que no había riesgo de quedarse embarazada.

En marzo del año siguiente, así, nació Carolina, el primer bebé del grupo de amigos, y apenas tres meses después lo hizo Nuria, hija de Conchita y Toni. Para aquel entonces habían pasado ya año y medio desde vuestra boda, el último invierno había sido largo y duro, pero el sueño de la primavera y el verano alumbraban el horizonte.

—¿Y ahora? ¿Crees que deberíamos empezar a intentarlo? —te preguntaste un día—. No me gustaría esperar mucho más. A lo mejor luego lo intentamos y entonces no lo conseguimos.

Tú querías ser madre. Más allá de que la cultura, el mundo y el campo te hubieran enseñado y adherido a la fuerza la idea de que tras el matrimonio lo propio era tener hijos, tú siempre habías querido serlo, madre, dar a luz una vida y sujetarla con tus manos sobre el pecho. Los meses habían pasado, la libertad que tanto habíais estado aguardando había llegado a vuestras vidas, junto con la paz, y ahora que sabías lo que era ser feliz, te preguntabas: ¿podrías serlo más?

—Espérate a después del verano —terció Martín—. No sea que tengas algún problema en vacaciones. Cuando volvamos, lo vemos.

Ese julio, como muchos de vuestros amigos eran padres prematuros, os visteis de pronto como antaño con la Paqui y el Fronteras de únicos compañeros de aventuras.

—¿Y si les preguntas a tu hermano Patricio y a tu hermana Ana si se quieren apuntar? —propuso el Fronteras un día de verano primigenio en que todas las conversaciones acababan o empezaban ya a girar sobre las vacaciones.

Martín se encogió de hombros y te miró, buscando tu reacción.

—Podríamos ir nosotros cuatro en el Renault, y tu Patri y tu Ana en su coche —propuso.

No hacía ni un año atrás, tu hermano Patricio había sido destinado a León al entrar en quintas, si bien habían intentado, tu padre y él, que le eximieran de la mili a causa de la pérdida de visión que le había supuesto siempre el tener el ojo derecho como cerrado, con el párpado más caído de lo habitual. Los exámenes médicos que le realizaron en el Hospital General de Valencia determinaron que aquello no era motivo suficiente para licenciarle, aun así, y por tanto fue devuelto a León para la jura de bandera, de donde lo destinaron a Valladolid al tiempo, para terminar la instrucción. Allí siguió insistiendo, se presentó a botiquín, y al cabo de repetirle pruebas y pruebas, finalmente consiguió que lo licenciaran y lo libraran de la mili. De allí cogió un tren a Caudete, desde donde intentó llegar al pueblo haciendo autostop. Si bien era común parar a los militares y ayudarles en su vuelta a casa en esa época, él iba de paisano, por lo que lo tenía más difícil. No fue, así, hasta que dio con un teléfono que pudo contactar con tu tío Vicente, a quien le contó lo que pasaba y le pidió que fuera a recogerlo.

—No le digas nada a mi madre —le pidió—, que quiero darle una sorpresa.

Tu tío Vicente no pudo cumplir su promesa y fue hasta Caudete a recoger al Patri acompañado de su hermana, tu madre, que rompió llorar al ver a su hijo. Fue al poco de volver al pueblo cuando tu padre le regaló al Patri un coche, como premio por haberse librado de la mili.

Así quedó el plan trazado cuando les propusiste a tus padres que la Ana y el Patri pasaran las vacaciones de verano con vosotros y vuestros amigos. Ambos eran novios, ya. El Patri hacía años que salía con la Maruja, una chiquilla menuda y guapa, prima hermana de Martín, y la Ana hacía lo propio también con un muchacho, Jose se llamaba, alto como ella, de pelo largo y gafas gruesas. Tú habías sido siempre la hermana mayor, aquella que rompía como un navío las aguas congeladas que ningún otro barco había surcado jamás, y como tal habías recibido golpes y embestidas en el casco por ser la primera en crecer y vivir; mas, ahora que tus hermanos crecían y se hallaban ante situaciones de represión y miedo que tú ya había sufrido antes, tenías en tu mano la posibilidad de ayudar.

—Tú no te preocupes, padre, que nosotros, Martín y yo, nos hacemos cargo de ellos —le dijiste a tu padre para convencerle.

Y así fue.

Difícil describir el cóctel de emociones que llenaría tu corazón al emprender, junto con la gente que más querías, el camino a unas semanas llenas de luz y risas. Imagino los brazos de Martín y el Fronteras apoyados en el capó férreo del Renault, que encabezaría la carrera, dando indicaciones al Patri y a Jose, piloto y copiloto del segundo vehículo de la comitiva. El mapa de carreteras desplegado cual pergamino sobre la chapa reluciente y viva al sol. Los dedos siguiendo líneas de todos los colores entre los nombres de pueblos y ciudades que pasaríais de largo. Y al otro lado de los coches, o puede que dentro, o en el maletero, tú enseñando a las demás el aperitivo preparado para cuando, al cabo de varias horas conduciendo, pararais en un área de descanso a estirar las piernas, tomar aire y recuperar fuerzas.

Puede que fueran las primeras vacaciones que tu hermano y tu hermana pasaban fuera del pueblo, con sus parejas, más allá del alcance del yugo de las calles empinadas y estrechas. Su emoción era tan tuya como lo fue cuando fuiste por primera vez más allá del horizonte. El sol hacía poco que había abandonado su refugio y calentaba vuestros brazos expuestos sedientos de verano. Pronto tomaríais carretera y manta y el calor de julio atravesaría ventanillas y puertas y os acompañaría camino al norte, a Segovia, a las lagunas de Sanabria, al valle de los Caídos, a Galicia, Asturias, Burgos y Santander. La carretera quemaría seguro tanto como el cielo, como los pechos de ocho jóvenes con ganas de ver mundo y sobre todo de vivir.

—Vosotros sin salir de la habitación, ¿eh? —les decía el Fronteras al Patri y a Jose en cada pensión a la que ibais, y donde pedíais, por supuesto, una habitación doble para los novios, y otra para las novias, tal y como habíais hecho vosotros antes de casaros.

—No, no, si nosotras tampoco le abriremos la puerta si vienen —aseguraba la Ana, sonriéndose con la Maruja de solo imaginar a sus novios salir a hurtadillas del cuarto a media noche para cambiarse de habitación.

—Que vosotros sois muy ñacos, todavía —decía el Fronteras sin dejar de reír.

Martín y tú os mirabais, cómplices, recordando cuando no hacía mucho habíais estado en su lugar, cuando el mero acto de tocarse suponía quebrantar alguna ley nadie sabía muy bien escrita dónde ni por quién.

—¿Qué, cómo ha ido la noche? —les preguntaba el Fronteras siempre a la mañana siguiente—. No os habréis movido, ¿verdad?

Novios y novias negaban en rotundo, las miradas gachas, los labios torcidos, intentando que la sonrisa no les delatara. Difícil describir el cóctel de emociones que llenaría tu corazón. Habría ternura, al rememorar la ingenuidad; alegría, al ver a tu hermana y tu hermano acompañados de las personas que habían elegido; nostalgia, por un tiempo pasado no sin luz; y alivio, al haber dejado las sombras también relativas a esos años muy atrás.

De vuelta al pueblo parasteis en las lagunas de Ruidera. Los últimos momentos del verano sucumbieron ante el brillo verde oscuro, palpitante, de las aguas mansas cercadas por montañas y árboles que lucían bajo el sol. La piel morena, las zambullidas frías. El Fronteras infló una colchoneta y la ató con cuerdas para que todos pudieran agarrarse, ya que había mucha profundidad. Solo de mirar el fondo negro uno se sentía pequeño, vulnerable, presa de la gravedad. Un árbol inmenso había sido sepultado por el agua y liberado ya de todas sus ramas y hojas. Los muñones de su corteza sirvieron, aun así, para que los hombres treparan por su piel hasta varios metros por encima de la superficie. Alguien hizo una foto desde la orilla, el mástil de madera conquistado por ellos mientras vosotras reíais abajo, donde no cubría. El calor en las mejillas y la piel. El frío en las piernas. Risas que el agua oiría para sí, y cuyo eco quizá aún guarde en su memoria.

A la semana siguiente, ya en el pueblo, y antes de que os acordarais siquiera de volver a hablar de la promesa que Martín te había hecho antes del verano, tuviste una falta. Fuiste a la farmacia, compraste un test de embarazo y avisaste a Martín de lo que pretendías hacer.

—No puede ser que a la primera… —dijo aquel.

Dejaste el predictor en el comodín del dormitorio de soltero y a cada momento que pasabas por la puerta del pasillo entrabas para comprobar si había cambiado. Finalmente, el test de embarazó mostró el resultado.

—Mira —dijiste, enseñándoselo a Martín.

—Pues sí ha sido a la primera —dijo él, sonriente.

Sus ojos se encontraron con los tuyos y brillaron, bien abiertos. Os abrazasteis y disteis cuenta juntos, tal vez, de que el mundo volvería a cambiar.

Y de que vosotros también estabais preparados para hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

C.

Let me let you go

man wearing blue shorts holding vehicle tire facing waterfalls
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Los pies descalzos dejaban huellas en la grava negra del sendero que te había llevado hasta allí.

La bruma se levantaba del suelo como una sábana y te abrazaba y empujaba a la vez.

La piel erizada, fría, tersa, titilante.

Te agachaste en la orilla, hundiste las manos en el agua y te las llevaste colmadas a la boca.

Un trago.

Dos tragos.

Tres.

Fue entonces cuando se apoderó de tu cuerpo y tu alma el escalofrío infinito.

Los ojos cerrados, bajo la lluvia.

Nunca pensaste que harías algo así.

Y sin embargo lo estabas haciendo.

 

 

 

 

 

carlos

Kill the past

cefalufinal

En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos