Electro, de Javier Ruescas y Manu Carbajo: distopía juvenil made in Spain

Electro01Mañana nos vamos de Origen. Papá nos va a llevar al complejo. Dice que ese va a ser nuestro nuevo hogar, que viviremos ahí durante una temporada hasta que todo esto pase. Que allí estaremos a salvo. Lo peor de todo es que esto no ha hecho más que comenzar.

PD: Ha estallado la Tercera Guerra Mundial.

 

 

Javier Ruescas y Manu Carbajo firman esta primera entrega de la saga ELECTRO, una novela juvenil que aspira a convertirse en representante del género de la distopía en nuestro país. Ruescas, conocido, exitoso y prometedor escritor de literatura juvenil, y Carbajo, director, guionista y realizador de cine, coescriben de manera simbiótica y cohesiva una historia que, para ser sincero, llevaba mucho tiempo queriendo leer.

Electro arranca con Ray, un chico normal de 17 años que despierta un día en su cuarto y descubre que el mundo tal y como lo conocía ya no existe. Nos encontramos en un entorno hostil y postapocalíptico, no muy lejano al presente pero radicalmente distinto. Ray descubre que su familia ha desaparecido, que no queda nadie en Origen, y que las personas y criaturas que ahora pueblan este nuevo mundo parecen de película de terror o ciencia ficción… Pronto conocerá a Eden, una chica cuyo cuerpo ha sido modificado para poder sobrevivir. Su corazón no es como el de Ray, sino que necesita ser recargado cada cierto tiempo para seguir latiendo. Ambos formarán una alianza a través de la cual Ray deberá adaptarse o morir, mientras trata de descubrir con la ayuda de un misterioso diario qué pasó en nuestro planeta para que todo cambiara para siempre.

La pesquisa de Electro no solo es interesante, a pesar de típica, sino que funciona. Una ciudad autoritaria, rebeldes, criaturas horripilantes y un protagonista confundido en mitad del conflicto. El contrapunto del diario marca la diferencia, aun así, con respecto a otros títulos de distopía juvenil de estructura similar (como El corredor del laberinto, por ejemplo), de manera que los capítulos de la historia de Ray se alternan con los del cuaderno. La novela funciona, por tanto, de manera dual entre dos líneas temporales que se complementan a la perfección. La aventura de Ray y Eden es fugaz, tiene ritmo y atrapa desde el primer momento; y la novedad de conocer en primera persona qué ocurre durante el «apocalipsis» de la mano del diario pone el broche ideal.

Bien es cierto que los riesgos narrativos son mínimos, y que la novela no pretende innovar (ni tiene por qué, ojo) más allá de los dos planos de lectura paralelos. El lenguaje es sencillo, contundente, fresco y muy fluido, tanto que, en su conjunto y a pesar de superar las 300 páginas, Electro puede ser leído sin ninguna dificultad en menos de cuarenta y ocho horas. Ello deja una sensación de extraña frustración, como si la historia de Ray no fuera lo suficientemente compleja y nos quedáramos con ganas de más, lo que tampoco va muy desencaminado teniendo en cuenta que Aura (la segunda parte) ya ha salido al mercado, y que Némesis (el desenlace), no tardará.

En conclusión, Electro es una novela juvenil correcta y adictiva que crece en intensidad, recomendable para una franja de edad muy amplia, pero que no termina de satisfacer muchas cuestiones que sin duda sí serán tratadas con mayor detenimiento en sus secuelas. Además, el desenlace funciona a modo de boom final e inesperado que incluso cuesta digerir, envolviendo, ahora sí, a la novela en su conjunto con un halo de innovación y riesgo que lejos de restar mérito, lo suma.

 

 

Lo mejor: lo rápido y fácil que se lee, parece que las páginas vuelen entre los dedos.

Lo peor: un final demasiado chocante, quizá, y que la historia de Ray adolezca de poca trascendencia en contrapartida con la del diario.

Nada, de Carmen Laforet: el inasible atractivo de la soledad

Nada.inddSi aquella noche –pensaba yo–, se hubiera acabado el mundo o se hubiera muerto uno de ellos, su  historia habría quedado completamente cerrada y bella como un círculo. Así suele suceder en las novelas, en las películas, pero no en la vida… Me estaba dando cuenta yo, por primera vez, de que todo sigue, se hace gris, se arruina viviendo. De que no hay final en nuestra historia hasta que llega la muerte y el cuerpo se deshace…

 

 

Nada es una novela que podría definirse con citas, con fragmentos, con pedazos de lo que Andrea, narradora y protagonista, nos va trazando en ese fluir constante y casi mágico que conforma su primer año de universidad. Carmen Laforet escribió esta novela, ganadora de la primera edición del Premio Nadal en 1944, con apenas veintidós años, y se nota. No se nota en la cierta inmadurez ineludible que todos tenemos a esa edad, sino en el tono del relato, en el sentido de la historia que vive Andrea y en la necesidad que siente esta, y Carmen Laforet, de contarla.

La historia arranca con la llegada de Andrea a Barcelona. Allí, en la calle de Aribau, viven su abuela y dos de sus tíos. Junto con su maleta transporta todo tipo de sueños y aspiraciones, los que cabría esperar de una chiquilla que ha vivido siempre en el campo y que ahora ve en su nueva vida en la ciudad todo lo que siempre quiso. Todo ello se ve pronto sucumbido por la realidad en que la casa de la calle Aribau está sumida: la guerra fue dura, pero la posguerra lo está siendo aún más. Su familia pasa hambre, sus tíos mendigan trabajo, y la rabia, la angustia y el clima perenne de derrota y sumisión encienden cada poco tiempo los rescoldos de la ira y del odio. La universidad pondrá luz al sabor amargo de la vida doméstica, pero tampoco tardará el complicado mundo de las relaciones humanas a hacer mella en Andrea. ¿Qué le queda, entonces?

Andrea nos cuenta su propia historia en pasado, pero sabemos por ciertas frases que no dista mucho el tiempo presente de lo relatado. Lo recuerda todo con claridad, y vuelca sus emociones y vivencias de un modo muy personal e impresionista. Todo en la novela es un aprendizaje, y aun así casi no hay capítulos en los que se nombre la universidad, las clases o los exámenes. Ena lo acapara todo, la amiga perfecta y que cambiará su vida más tarde o más temprano, para bien o para mal, así como en la casa de Aribau son sus tíos, abuela y cuñada quienes absorben toda atención. Andrea sirve en todo momento como cámara que nos enseña su vida durante un año que esperaba mágico y acaba siendo ruin, complejo, irregular. Como todos los primeros años de universidad.

¿Quién no ha sentido al irrumpir por vez primera en una gran ciudad que es abrumado por la brutalidad de todo, por el movimiento frenético y sin pausa de la gente, por la cultura desbordante, por las luces y las sombras, por la soledad intrínseca fruto de estar rodeado de gente en todo momento y aun así sentirse solo? Creo que todos hemos vivido eso alguna vez, y muchos hemos sentido desde dentro querer y necesitar escribirlo. Pues bien, Carmen Laforet lo consiguió, y aunque imperfecta, aunque probablemente juvenil, Nada termina siendo un relato perfecto sobre lo liviano de la existencia, sobre las mil caras que refleja un espejo roto y puede que también antes de romperse, y sobre la soledad del individuo cuando no encaja donde está, no sabe lo que quiere, o busca sin buscar.

 

 

Lo mejor: algunas reflexiones de Andrea, que son para enmarcar, y metáforas muy conseguidas que denotan un talento extraordinario.

Lo peor: el primer tercio de la novela, quizá demasiado confuso y centrado en los conflictos de la casa de la calle de Aribau.

Henders, bienvenido al último rincón salvaje de la Tierra, de Warren Fahy: Jurassic Park, Alien y El mundo perdido en una coctelera

9788408090502La ventana estaba vacía, solo se veía el cielo azul. Después de que los animales hubieron desaparecido de su vista, Nell se quedó con la mirada fija en el cielo durante un interminable momento. Tres salpicaduras de sangre azul gotearon hacia debajo de la ventana de policarbonato, que, de alguna manera, había resistido el asalto.

 

 

La evolución y la extinción (dos caras de la misma moneda) forman un tema básico dentro de la fantasía científica o tecnothriller desde los inicios del género. Michael Crichton reformuló el concepto con Jurassic Park en 1991, pero la tradición prehistórica o –más concretamente– evolucionista bebe directamente de dos novelistas muy anteriores, uno considerado fundador de la ciencia ficción, y otro menos famoso en este ámbito: me refiero a Jules Verne y a Arthur Conan Doyle. Verne escribió mucho sobre evolución, y aunque en realidad su intención era rebatir a Darwin con teorías creacionistas y antediluvianas en sus obras, a nosotros no nos ha llegado nada de eso. Doyle retomó ese camino con El mundo perdido (1912), juntando dinosaurios, eslabones perdidos y hombres en la misma historia, y este fue seguido de Crichton ochenta años después. Esa es la misma estela que sigue hoy día Warren Fahy.

¿Quiere decir eso que el argumento de Henders: Bienvenido al último rincón salvaje de la Tierra es poco original? No tiene por qué. La historia arranca con el descubrimiento de una isla misteriosa en mitad del Pacífico por parte de un equipo de filmación de docu-shows (más cercano a Gran Hermano que a El hombre y la Tierra, también hay que decir). En esa isla, perteneciente a un supercontinente que se fragmentó hace doscientos millones de años, los protagonistas descubren criaturas que bien podrían ser consideradas alienígenas, porque superan en velocidad, capacidad de adaptación y agresividad a todo lo que puebla nuestro mundo. Hasta aquí no hay elementos nuevos: criaturas monstruosas producto del qué pasaría si de la evolución darwiniana, la eterna isla misteriosa obviada por la cartografía y los satélites, periodistas ambiciosos, tecnología VS. naturaleza, militares y científicos. Una historia de amor. Un villano. Y una pizca de terror. ¿Y ya está? En realidad, no.

Henders es, pese a todo, una novela trepidante. Y lo digo así porque abundan las ocasiones en que el autor aprovecha para verter de manera casi violenta diálogos eternos y debates monstruosos sobre temas científicos que –lo reconozco– a casi nadie importan. Crichton utilizaba la divulgación científica en sus libros para unir esa brecha entre fantasía científica y un público generalista, y lo hacía de un modo magistral. Fahy, en Henders, a mi juicio, no tanto. Pero el ritmo de la historia es eficaz, los personajes funcionan y la emoción y el terror van de la mano en todo momento. Casi puedes imaginar el pánico de esas personas al descubrirse de repente rodeadas por criaturas con seis patas, dos cerebros y extremidades afiladas como cuchillas capaces de asimilar cualquier tipo de sustancia (hasta el metal) como alimento. Es espeluznante, y las páginas se devoran con rapidez, pero falta algo. O sobra.

El problema de Henders no es tanto la falta de novedad como la carencia absoluta de recursos literarios, la inexistencia de un estilo propio y la torpeza de la descripción. En pleno siglo XXI resulta casi chocante que haya autores serios que describan con meticulosidad obsesiva cómo van vestidos sus personajes en todo momento. Es innecesario. Puede que en televisión o cine (o como mucho en historias medievales o futuristas, donde la vestimenta sea totalmente distinta a como la concebimos hoy) el vestuario sea un elemento reseñable, pero no aquí. Lo que al lector le interesa de los personajes es qué sienten, qué piensan, cómo actúan y, sobre todo, qué dicen. El tecnothriller no es un subgénero que se caracterice por la complejidad de su narración, pero ello no es excusa para descuidarla y ofrecer un discurso vago, insulso, más parecido al guión televisivo que a la novela de aventuras. Y es una pena, porque el giro final de Henders es la clave de la obra, lo que salva toda carencia y deja un regusto no muy intenso, pero sí considerablemente cercano a la sorpresa y la novedad. Sobran los romances, los clichés y los maniqueísmos, pero el hallazgo de algo insólito en la isla de Henders pone sobre la mesa lo que tan bien le funcionó a Crichton en su momento, el debate ético y moral de la extinción. ¿Tenemos nosotros derecho a eliminar un ecosistema único e incomparable del mapa solo porque supone un gran peligro para nuestra especie? Juzguen ustedes mismos.

 

 

Lo mejor: La edición del libro, lleno de ilustraciones detalladísimas y preciosas sobre las extrañas y aterradoras criaturas que habitan en la isla de Henders.

Lo peor: la mediocre calidad de la narración y  la pobreza psicológica de los personajes.

El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega: elegir entre el perdón o la venganza

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Dicho esto se despidieron, se dieron la mano y se fueron a dormir. Yo no sabía qué pensar, Elisa, la verdad es que me encontraba bloqueado. No pensaba en Jero, en Isaías, en Isaac o en ti. No pensaba en nada. Pasé el resto de la noche sin dormir, mirando fijamente cómo la hoguera se apagaba del todo hasta que la oscuridad anegó por completo la cabaña, hasta que la oscuridad me anegó a mí.

 

Tengo la suerte de conocer a Alejandro desde hace bastante tiempo, y por eso tuve también la suerte de estar con él la noche que presentó su primera novela en la Escuela de Escritores de Madrid. Fue un momento especial para todos, y aun cuando todavía no había leído el libro, sabía que todo lo que contaban su editor y su prologuista era verdad. Lo sabía porque Alejandro tiene talento y sabe cómo narrar, y sorprende la cantidad de gente que consigue tener éxito sin ninguno de esos elementos. Así pues, cuando por fin me enfrenté a mi ejemplar de El final del duelo este verano, tenía hype y expectativas a partes iguales.

Lo que me encontré en sus casi trescientas páginas fue una historia de épica fantástica alejada del hastiado estereotipo del mundo medieval. En el mundo que Alejandro crea para su novela no hay dragones, mazmorras o magos tenebrosos; en él la magia es para sus ciudadanos lo que el fútbol para nosotros: un deporte popular. Los duelos entre equipos de magos se organizan en torneos, y es la muerte en extrañas circunstancias de un viejo amigo de Saúl, poco antes del torneo más importante de la temporada, lo que detona la historia. Elisa, a quien el narrador dirige la larga carta que Alejandro escribe en forma de novela, le pide a Saúl que acepte como aprendiz a Jero, recién huérfano de padre. Tal y como Saúl sospecha, Jero pretende entrar en el oscuro mundo de la Federación para averiguar quién asesinó a su padre y por qué lo hizo, así como para reclamar venganza. Sin embargo, este amargo e impulsivo deseo es un arma de doble filo, y Saúl intentará que Jero aprenda a convivir con el dolor, a perdonar y a olvidar, con la esperanza de que ambos logren hacerlo algún día.

Mientras leía El final del duelo, recordaba cuanto oí de la novela durante la presentación, y reconocí mucho de todo aquello. La voz intimista del narrador, dirigiéndose a un melancólico, duro y perenne amor del pasado. Los personajes bien definidos, humanos, dignos. La descripción ágil pero precisa de un mundo distinto al nuestro, pero sorprendentemente similar. Y una acción trepidante con escenas que bien podrían encajar en una superproducción de Hollywood. El final del duelo es una historia fantástica con elementos típicos del género, pero ejecutada de manera distinta, inesperada, original, y es en esa ambición donde la apuesta de Alejandro gana en calidad y valor literario.

No es esta una novela común, pero tampoco está dirigida a un público específico aun tratando un tema tan de género como los combates de magia. Incluso en un mundo así lo que acaba importando son las historias personales de sus habitantes, el mundo interior de unos personajes tan reales que bien podríamos encontrárnoslos al girar una esquina. Al final (del duelo, obviamente), la magia es una excusa; una excusa que nos encanta a los aficionados al género fantástico, pero que en esencia sirve para entrar en la vida privada de Saúl, en el conflicto interno de Jero, en el tumultuoso torbellino de emociones que agita a las personas cuando deben elegir entre el amor o el deber, la lealtad o los principios, el perdón o la venganza.

 

 

Lo mejor: el acabado psicológico de los personajes, y la sugestiva voz narrativa.

Lo peor: la presencia de algunas erratas que con una corrección ortotipográfica se habrían subsanado.

 

El jilguero, de Donna Tartt: ¿quién no ha huido de la culpa alguna vez llevándola consigo?

mxCGzEbSobre la superficie de mármol del tocador trituré una de las oxicontinas que atesoraba, la corté y dividí en rayas con mi tarjeta de Christie’s, y, enrollando el billete más nuevo que llevaba en la cartera, me incliné sobre la mesa, con los ojos llorosos a causa de la anticipación: zona cero, pum, un sabor amargo en la pared posterior de la garganta seguido de la oleada de alivio, cayendo hacia atrás en la cama mientras el dulce golpe del pasado me daba directamente en el corazón: placer puro, doloroso y brillante, lejos del estrépito a hojalata de la tristeza.

Once años tardó Donna Tartt en escribir esta novela, galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción de 2014. El mismo tiempo que hizo esperar a sus fans entre su primer y segundo libro. Alguien podría calificar de excesivo necesitar diez años para tener una novela a punto, pero solo quien nunca se ha puesto ante una hoja en blanco con dicho propósito. Escribir es un oficio ingrato, porque como todo arte es caprichoso y muta a voluntad. El escritor es un mero instrumento, un vehículo, y convertir una idea, unos personajes y una historia con un único material (las palabras) requiere trabajo, esfuerzo y sacrificio, pero sobre todo tiempo. En cuanto abrí El jilguero hace dos veranos al cogerlo del stand de novedades, fui consciente de por qué la crítica la describía como «el primer clásico del siglo XXI», y fui consciente de que en cada frase y cada palabra latían esos once años de obcecada dedicación.

La historia de Theo Decker arranca un día cualquiera en Nueva York. Tiene 13 años y vive con su madre desde que, hace un tiempo, su padre se fuera de casa. Theo idolatra a su madre en todos los sentidos; su padre era un borracho, un ladrón, y sin llegar a comprender todavía a los adultos y las múltiples aristas de la dimensión familiar, se alegra de que se fuera y les dejara a él y a su madre solos. Un día, de camino al colegio, madre e hijo deciden entrar al Museo Metropolitano de Nueva York para admirar una colección temporal, con la desgracia de que justo entonces se produce un atentado terrorista. Theo sale indemne del Museo, con un pequeño cuadro indefenso bajo el brazo y un estigma imborrable en su interior. ¿Por qué sintió que debía llevarse aquel pequeño jilguero de Fabritius? ¿Por qué se alejó de su madre poco antes de la explosión? ¿Por qué él sigue con vida y su madre no? ¿Por qué el destino y la muerte no se llevaron a él consigo?

Así comienza la que en un futuro será recordada como primera gran novela de aprendizaje del siglo XXI. El jilguero no trata solo sobre la aceptación de la muerte, del trauma y de la pérdida en una familia desestructurada moderna, sino también sobre el camino que escogemos desde el mismo momento en que se pasa de niño a adolescente y, un poco más tarde, de adolescente a adulto. El jilguero es una novela extensa, la más larga de Tartt, y de lejos la más ambiciosa, pero no es en vano, porque disecciona la evolución de un niño y un joven desde el momento iniciático de un trauma brutal, a través de una prosa cuidadísima y, esto es lo mejor, junto a unos personajes secundarios inolvidables.

Atravesar el país para vivir con su padre fugado hasta la mayoría de edad, conocer y dejarse llevar por la mala vida de quien nada tiene que perder y todo por probar, conocer las luces y las sombras del amor irracional, más puro, más antiguo, y sufrir también las anodinas imperfecciones del ser adulto. En eso consiste el increíble viaje que Theo Decker nos regala a través de un recuerdo extenso y minucioso de su infancia mientras espera en una lóbrega habitación de hotel a que alguien aparezca de una vez. ¿A quién espera el Theo adulto que aún no conocemos? ¿Qué papel juega ese pájaro dorado que parece querer perseguirle hasta el fin del mundo como la mismísima sombra del remordimiento y la pena? ¿Podrá dejar al jilguero volar? ¿Podrá vivir sin llevar de un sitio a otro a la culpa consigo?

Lo mejor: la conjunción bellísima de novela de aprendizaje y de personajes que vertebra su argumento.

Lo peor: el episodio inicial, quizá demasiado largo y que impide un arranque rápido de la historia, y un desenlace no demasiado significativo.

El mar llegaba hasta aquí, de Alex Pler: la búsqueda incesante de nosotros mismos

noticias_file_foto1_942954_1422864270Adán había llegado a la orilla. Para demostrarle que sí confiaba en él, aceleré el paso a pesar del viento que quería impedírmelo. Noté la lluvia aporreándome la piel. Las gotas borraban mis pasos en cuestión de segundos, los de Adán ya ni siquiera se veían. Desde el paseo, debíamos de parecer un par de tornillos sueltos a punto de que se los tragara el mar. Abrí la boca para recibir, dos, tres gotas. Porque estar con Adán era aquello: correr bajo la tormenta y que no me importase.

Hay historias que, de alguna manera, un buen día llegan a ti; otras, te las regalan o las acabas leyendo por inercia, consejo u obligación; y también las hay que las esperas durante semanas y meses, que sientes que necesitas leer sin saber muy bien por qué. Estos últimos son libros que te llaman desde las profundidades del océano, como una luz entre tinieblas, una llamada en el vacío, una mano amiga cuando estás solo.

No conocía a Alex cuando compré El mar llegaba hasta aquí, pero sabía que su primera novela me diría algo que yo no sabía aún, que sería una de esas historias que te hieren desde dentro. No me equivocaba. Meses después tuve el placer de conocerlo y le pregunté tantas cosas sobre el libro, sobre cómo lo hizo, por qué decidió hacerlo y qué pensó cuando puso el punto y final, que temí que no escribiera nunca más solo por el coñazo que sería soportar de nuevo mis preguntas.

¿Que qué tiene de especial esta novela? La verdad es que en ella no hay dragones, asesinatos, intrigas policiales, adulterios, magia, zombis ni fuegos artificiales. Bueno, puede que esto último sí. Pero abunda sencillez, belleza y sinceridad. El mar llegaba hasta aquí cuenta la historia de Leo, un joven ya no tan joven que, como tantos otros, debe afrontar su última gran ruptura sentimental. Se sucede entonces un desfile de capítulos con los que Leo nos presenta a sus amigos, la ciudad donde vive, algún viaje furtivo…, elementos todos ellos más ordinarios que extraordinarios, pero que descritos con cierta poeticidad muy comedida y desde el punto de vista siempre tragicómico del protagonista, nos harán pensar. La evolución del personaje a través de la experiencia, del ensayo y el error, será también nuestra propia evolución, nuestro viaje a través de las páginas del libro; su alivio, nuestro bálsamo; sus altibajos, apenas un reflejo de lo que todos hemos sentido alguna vez.

Soledad, desesperanza, sexo, asco, amor, pérdida y conformismo. Y mucha cultura pop, mucha música y mucho cine. Así como una pizca de ficcionalidad. Todo un mix de emociones tumultuosas aderezado con un paisaje mágico de ciudades sumidas en una lluvia permanente. La lluvia como fondo para lo que sin duda es una historia de nostalgias… Acertado paisaje para el pobre Leo, ¿no os parece? Pero, ¿pobre por qué? Pobres somos todos. Cuando nos engañamos, cuando idealizamos, cuando soñamos, amamos, herimos, lloramos, huimos, follamos… Y cuando nos rendimos. La búsqueda eterna de nuestros más profundos fines, de nuestros más anhelados sueños, que pueden tomar la forma de un amor definitivo (como el Adán en que Leo focaliza todos sus deseos), un empleo mejor, un viaje al infinito, la salvación de nuestra alma. Esa búsqueda incesante, a fin de cuentas, ese eterno querer salir del laberinto que es la vida, eso es lo que Alex Pler nos ofrece en El mar llegaba hasta aquí.

Lo mejor: la voz sincera del narrador, y la melancolía constante de la narración.

Lo peor: que el mercado editorial la dejara escapar (ya que es autopublicada).