La Edad 2.0

CPdFTTdWwAAUHaw

Suena el despertador. Lo apagas, remoloneas un poco en la cama, miras los Whatsapp de anoche o esta mañana. Un vistazo rápido en Twitter o Facebook antes de armarte de valor, salir de la cama y meterte en la ducha. Coges el metro o el bus, te sumerges en la marabunta de selfies de buenos días que todos desean al resto del mundo en las redes sociales, llegas al trabajo o la universidad. Móvil en silencio y a levantar España. Pero de vez en cuando te distraes, te aburres, o te preguntas sin más qué estará pasando en Cataluña, Madrid o Francia, o en los platós de televisión, o qué disco sale esta semana o cuáles son los estrenos de cine. Al final, caes. Unos cuantos Me gusta en Facebook para las ocurrencias de quienes llenan tu muro, varios corazones a los que sueltan alguna burrada en Twitter de buena mañana, o incluso algún RT, un paseo por los portales de noticias online, una ojeada a la audiencia que hizo anoche tu programa favorito, un repaso rápido de lo que se cuece en tus grupos de conversación. Así hasta que concluyes la jornada de trabajo o las clases, vuelves a casa y comes solo o acompañado, mirando también el móvil, hasta que consumes el resto de las horas del día con el fluir de la rutina y te vuelves a acostar.

La revolución de internet es ya algo tan patente en la sociedad que a duras penas reparamos en lo mucho que han cambiado nuestras vidas en apenas unos años. No hace tanto nuestros móviles eran pequeños, con pantallas en blanco y negro y teclas grandes, duras y ruidosas. No hace tanto el conocimiento era poder, y solo se podía acceder al mismo preguntando a alguien mayor, consultando una enciclopedia o yendo a la biblioteca. Ahora el conocimiento es tan anodino como innecesario. Para qué aprender, para qué saber, para qué entender, si absolutamente todo lo que algún día podamos preguntarnos está al alcance de un insignificante clic. No hace tanto el ocio era en parte aventura: ir al cine a ver qué echan, pasear sin más por las calles, los parques y jardines, sentarse en un banco con amigos y comer pipas mientras se contaban las grandes o pequeñas anécdotas de la semana, viajar, hacer fotos con la ilusión de luego ir a revelarlas,  llamar por teléfono y quedar con esa persona especial para decirle lo que llevabas tanto tiempo soñando por las noches. Y ahora el ocio es comprar por internet, chatear por internet, ver vídeos en internet, jugar online, publicar en masa las fotos de los cumpleaños, escapadas o viajes (porque cómo sabría la gente lo que hago o adónde voy si no) o vivir pendiente de lo que les pasa a los demás. No hace tanto tiempo, en realidad, que el mundo 2.0 lo ha cambiado todo. Y yo me pregunto: ¿ha sido a mejor?

Resulta difícil ser consciente del tiempo que perdemos cada día en presenciar, como si de un desfile se tratara, los acontecimientos que amigos, conocidos y completos desconocidos van relatando en la red. Twitter sirve para estar informado constantemente de lo que pasa en el mundo, sí, y Facebook es muy útil para mantener el contacto con gente que quieres pero está lejos de ti. Pero no nos engañemos, nosotros no usamos estas dos redes sociales ni ninguna otra del mismo tipo para únicamente esas dos cosas. Lo hacemos para espiar. O puede que no para espiar, ya que todos exhibimos nuestras vidas de manera consciente, pero sí por el siniestro y masoquista placer de saber qué piensan, hacen, comen y dicen los demás, y para que los demás hagan lo propio de nosotros mismos.

Nos pasamos horas y horas mirando pantallas planas que solo nos muestran una parte de los demás. Y lo sabemos, lo peor es que sabemos que nada de eso es real (o solo una mínima parte), pero nos engañamos o nos fingimos engañar. Porque ¿qué hay más gratificante hoy día que sentirse envidiado por el resto, saber que viajamos más, vamos a locales más de moda, nos hacemos mejores fotos en el espejo del cuarto de baño, tenemos amigos más guapos, vamos a más conciertos y festivales y maratones, hacemos más deporte y leemos más, estamos más unidos a nuestras familias y nuestra vida sentimental es más plena, más perfecta, más genial? Más, más y más. Más Me gusta, más RTs, más fotos, más vídeos, más risas, más filtros, más más. Llega un momento en que dedicamos más tiempo a saber qué están haciendo otros que a hacer cosas nosotros mismos. Llega un momento en que vivimos por y para mostrar, por y para exhibir, y nos olvidamos de disfrutar del instante mismo de la existencia.

ue haces tomo algo contigo whatsapp

¿Cuántas veces has quedado con tus amigos en las últimas semanas? ¿Cuándo has llamado por teléfono a alguien que está lejos para oír su voz? ¿Cuándo has dicho te quiero o ánimo a alguien que lo necesita en lugar de enviarle por Whatsapp o mensaje privado un emoticono con ojos de corazón o lanzando un beso? ¿Por qué nos hemos vuelto tan frívolos como para desnudar nuestra opinión y nuestro cuerpo ante personas que no nos importan, pero luego nos sentimos como extraños rodeados de gente real? ¿En qué momento de este nuevo milenio, del siglo XXI o de la Edad Contemporánea la sociedad ha cambiado tanto como para dejar atrás nuestro modelo de vida y adoptar una apariencia falsa, una ambición superficial, un vivir por y para los demás, por y para que los demás vean y sepan de mí una versión de mí mismo que no existe?

Una vez asumes y aceptas todo esto, ya no hay vuelta atrás. Te sientes tonto, ridículo, infantil. Las redes sociales, internet y el mundo virtual han revolucionado tantos campos como podamos imaginar, las relaciones humanas, la economía, la cultura, el acceso a la información, los medios de comunicación, la capacidad de opinar, de elegir, de compartir y de llegar a todos los rincones del planeta desde el escritorio de casa. Pero al mismo tiempo hemos perdido mucho por el camino. No hay un día que vaya por la calle y no vea madres paseando a sus bebés con una mano en el móvil y la otra en el carricoche, a grupos de críos que solo miran sus pantallas y a gente que solo sabe relacionarse y hablar con la imagen que crean ellos mismos de otras personas que nunca conocerán. Gracias a la Edad 2.0, ahora nos cuestionamos constantemente hasta el amor. Porque, con tanta gente ahí fuera, ¿quién nos dice que hallaremos a la persona correcta?, y, ¿cómo conformarnos si seguro que hay alguien todavía mejor, todavía más idóneo, todavía más perfecto?

Escribo esta reflexión mientras al otro lado de la ventana el día comienza a despuntar. Ya casi es diciembre pero aquí todavía hace calor. Creo que saldré a dar un paseo, a disfrutar de la cálida caricia del mediodía en la piel. Llamaré a unos amigos y les propondré hacer una escapada. Hablaremos, reiremos, recordaremos y haremos planes. Comeremos por ahí y por la tarde no sé qué pasará. Prefiero que la vida me sorprenda, que me dibuje caminos en las aceras, y que me llene de anécdotas e historias los días. Mejor vivir una vida que sea mía, aunque imperfecta, antes que estar pendiente de la de los demás.

DSC_1042aa

CARTA ABIERTA A LA INDEPENDENCIA (de un murciano ignorante)

En estos tiempos locos que nos ha tocado vivir, basta con abrir Twitter o Facebook, acceder a portales de noticias o páginas de periódicos online, poner cualquier programa mínimamente informativo en televisión o encender la radio, para presenciar, se quiera o no, el tsunami soberanista de Cataluña. Mucho se ha dicho sobre el tema, sobre el inmovilismo de unos y la cerrazón de otros, sobre la legitimidad de unas elecciones autonómicas y la pasividad de un gobierno hermético y ajeno a una situación político-social cuanto menos digna de atención. Mucho han dicho los políticos, los expertos, los comentaristas y colaboradores, y también parte del electorado catalán, pero… ¿y el resto?

Opinar, decidir, votar. Bellos conceptos que decoran a todas horas nuestros kioscos y salones, pantallas de móvil u ordenador, porque abundan en el discurso de tanto uno como otro bando. Pero, ¿quién tiene derecho a opinar, decidir, votar? Opinar hoy día sobre la independencia catalana es tan peligroso como organizar en el Primark de la Gran Vía madrileña una feria Outlet. «Los catalanes somos los únicos con derecho a decidir si nos independizamos de España o no», «¿No permite una Constitución democrática como la nuestra preguntar a la población sobre cuestiones importantes?», «Cataluña no pertenece solo a los catalanes, sino también al resto de españoles que vivimos, trabajamos, viajamos o compartimos familia, amigos o lengua con ellos. Una decisión como esta no está solo en sus manos». En fin, enunciar una idea no es pecado, ni siquiera está mal visto hoy día, pero sigue produciendo cierto resquemor según en qué contexto se pronuncie, y según qué gente haya alrededor.

Ocho_apellidos_catalanes-640444128-large
Tú siempre tan oportuno, Bruno.

Lo de decidir es fácil. Decidir, lo que es decidir, deciden los políticos. Así de simple. En esta democracia estupenda, que con solo nombrarla llena bocas de orgullo y grandilocuencia, el papel relegado para el ciudadano es simple, básico, casi triste: votar. Cada cuatro años y a ser posible sin hacer mucho ruido. Los tiempos cambian, la sociedad cambia, nuestro mundo, nuestras casas y nuestras familias cambian, y aun así nuestro sistema político sigue anclado en unos cánones que, quizá (solo quizá) vaya siendo hora de revisar. La razón es que hay determinados temas para los que la Política (en mayúsculas para que así se sientan más importantes quienes se incluyan en ella) ha demostrado ser ineficaz, o puede que no solo ineficaz, sino un fracaso absoluto. Puede que España no tenga en su haber las mejores universidades del mundo, pero resulta meridianamente evidente que nuestro país ha conseguido ser la cantera más eficaz, variopinta y brutal de corrupción política. Mires al partido o ayuntamiento, a la provincia o comunidad que mires, raro es el lugar donde no ha florecido el desfalco, las mordidas, el amiguismo, las puertas giratorias o la malversación, y con todos ellos la inmunidad social, política y judicial, por supuesto. Las preguntas son dos: ¿podemos los ciudadanos impedir que esto siga pasando?, ¿tenemos nosotros parte de responsabilidad?

Querida Independencia, me dirijo a usted en esta carta y sin embargo apenas la he nombrado todavía, apenas he introducido el tema soberanista catalán al comienzo de la misma y apenas le he prestado la atención que sin duda se merece. Si le digo esto, si le expongo la situación penosa y delicada en que se encuentra, no solo nuestra democracia, sino también nuestros representantes políticos y la implicación casi nula, vaga y derrotista de la ciudadanía, es porque creo que tanto la deriva pre-electoral del 20 de diciembre como los últimos alegatos independentistas de Junts pel Sí comparten mínimo común denominador. El tedio. El tedio, querida señora, es el mayor enemigo de una sociedad, porque precede al aborrecimiento, y el aborrecimiento al odio.

Si me pregunta mi opinión, no creo que ni Artur Mas ni Mariano Rajoy estén jugando a ciegas en este baile de inmovilismo y desobediencia constitucional. «Cataluña ha iniciado así un proceso de desconexión con el Estado Español, para empezar a constituirse como República Independiente Catalana». Miren, señores, NO. Quien se ha desconectado de Cataluña son los otros 40 millones de españoles, que ya ni quieren ni pueden seguir escuchando nada que tenga que ver con Cataluña sin sentir que se le revuelven las entrañas. ¿Pero es que nadie es consciente de que tanto a unos como a otros les interesa justo lo que está pasando? Cuanto más españolista es Rajoy, más secesionista es Mas, cuanto menos se abre uno los oídos para escuchar, menos tiene el otro nada que decir, cuanto más % de estimación de voto obtiene uno, más se atreve el otro a girar la tuerca un poco más… Ah, benditas encuestas, vosotras sí que merecéis una carta abierta…, pero abierta al infierno.

560143e8c24f7
¿Y la europea?

No me creo la independencia de Cataluña, esa es la verdad. Por supuesto que soy consciente de que hay gente que quiere ser catalán y nada más, que quiere salir en el mapa con colores diferentes y que quiere llevar a Eurovisión sus propios representantes (¿quién no querría algo así?), pero no creo que el 48% de la gente que votó a Junts pel Sí quiera que se hagan las cosas de esta forma, por las malas y sin más ley por bandera que la legitimidad de un voto. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que ese porcentaje de población de ningún modo puede ser reflejo de la voluntad mayoritaria, no por no llegar al 50% de los votos (que también), sino porque mucha gente decidió quedarse en su casa aquel domingo y no votar. Un motivo eminentemente electoralista, ese es el único combustible de la maquinaria independentista, y no un movimiento unánime y consensuado de diálogo y aceptación. Mas no se debería nunca haber supeditado a la actitud arrogante y despreciativa de Rajoy, pero sabe que responder a la coraza con coraza es lo que más le conviene en estos momentos.

president-Artur_ECDIMA20141110_0008_26
¡Tú sí que vales!

Interés. A eso se reduce todo. «¡España nos roba!», dicen los que son investigados por corrupción en su partido, los que tienen un expresidente convertido casi en leyenda con las piernas bien hundidas en el fango, y los que visten de deseo de democracia y libertad sus ansias de poder. «Mientras nosotros gobernemos, nadie se saltará la ley», responden los que reforman sedes de manera fraudulenta, reparten sobres, recortan derechos y modifican la ley electoral en particular y la Constitución en general cuando les viene bien». Así, señora Independencia, yo no juego. No juego porque tengo mucho que perder, tengo amigos, casi familia, recuerdos maravillosos y mil viajes planeados a Cataluña, donde no considero a la gente ni más ni menos española, solo gente; no juego porque no me parece que exista un OTROS maligno asentado en Madrid ni tampoco en el Parlament. Los otros son ambos, los otros son ellos. Ellos que manipulan a las masas, que echan leña a un sentimiento sin duda real, pero que no merece ser construido con el desprecio y el odio del resto del país; ellos que utilizan a los que dicen representar en su propio beneficio y luego se esconden en grandes máximas y principios que sin embargo ni respetan ni pretenden defender.

Querida Independencia, haga lo que quiera, siga engañándose a sí misma, a la gente o a quien pueda, pero conmigo no va a colar. Si de verdad quiere irse, demuestre el respeto por las instituciones que muchos no tienen y gánese nuestra admiración, nuestra empatía, nuestro cariño. Pero no nos desprecie. Porque el resto de españoles, los que estamos a este lado de una frontera invisible, los que no somos nadie porque a nadie importamos, en el fondo solo sentimos tedio, asco, rabia, pena. De que nos engañen, de que nos timen, de que nos gobiernen caraduras, mentirosos e incompetentes. Así que piénselo, medite, recapacite si es que aún está a tiempo, y quédese.

Aunque qué sabré yo de sentimientos patrios, nacionalismo o ansias de libertad, si solo soy un murciano ignorante.

El limbo de los veintitantos

575167_4306152725537_366544877_n

El otro día pensé en lo mucho que ha cambiado la vida en apenas unas cuantas décadas. Mi madre empezó a trabajar a los doce años, se casó a los veintiuno y tuvo su primer hijo tres años después. Con veinticuatro años ya vivía independizada, tenía un trabajo para el que no había necesitado formación alguna y había empezado a formar una familia. Yo llegué bastante después, y por eso me ha tocado vivir una juventud extraña, muy distinta a la de mis padres o mi hermano mayor, una en que la formación académica y específica ha pasado a considerarse imprescindible y necesaria, la única opción; y el trabajo cualificado, una mera quimera.

El estado actual del mercado laboral y la educación ha acabado derivando en una generación formada y preparada, pero que encuentra más muros físicos y psicológicos que puertas por las que poder cruzar. Abundan en la red pequeños decálogos que enumeran situaciones, momentos o impresiones relativas a ese instante en que dejamos atrás la etérea etapa universitaria, que iza la ilusión y el carpe diem como principal bandera, y afrontamos la edad adulta, para sentar la cabeza. Seguramente muchos de esos elementos hayan existido desde siempre, pero sin duda algunos han sido potenciados por el momento que nos ha tocado vivir. Mi madre nunca supo lo que significa estudiar durante veinte años para después sentirse inútil y engañada, como tampoco yo sé lo que significa dejar la escuela a los doce años para ponerme a trabajar. ¿Qué significa hoy día, entonces, sentar la cabeza? ¿Qué hace clic cuando llegamos a esta edad, por qué de repente lo vemos todo de un modo diferente?

El primer ingrediente debe de ser indudablemente la búsqueda de identidad e independencia, pero no en el sentido que hasta ahora habíamos experimentado. Con dieciocho años se quiere huir de casa, se ansía libertad, intimidad, independencia, pero solo con la máxima de alejarnos del control parental. Salir y llegar a casa sin interrogatorios continuos, elegir el estilo que nos plaza a la hora de vestir, no dar explicaciones por nuestro comportamiento, y un largo etcétera. A los veintitantos, sin embargo, esta necesidad de independencia adquiere otro matiz, un matiz vital, y es entonces cuando queremos ser independientes, sí, pero también autosuficientes. La autosuficiencia incluye el ser capaz de, el llegar a determinados fines por nuestros propios medios, el afrontar ingresos y dificultades, con nuestra propia casa, nuestro propio espacio, nuestro propio hogar.

Un segundo ingrediente sería el autodescubrimiento, la introspección, la maduración interna. Los primeros años de juventud son tan frenéticos, tan alocados, tan llenos de noches eternas, amigos y bares, viajes y besos que al final no nos queda tiempo para pensar, no somos conscientes de lo que queremos hacer en realidad, de lo que somos ni de lo que queremos ser. Cambiamos tanto por fuera que no nos planteamos hacerlo también por dentro. A los veintitantos, no obstante, empezamos a notar ausencias de las que antes no éramos partícipes, vemos mermar a nuestro alrededor el número de gente real con la que compartimos nuestro tiempo y nuestro mundo, y comprendemos que hemos consumido meses y años irrepetibles de un modo egoísta e infantil. ¿Quiénes son nuestros amigos de verdad? ¿Qué hicimos con la mejor época de nuestra vida? ¿Qué pasó para que aquella relación fuera un desastre? ¿Por qué no hemos vuelto a hablar con ese amigo o amiga que fue tan importante? La reflexión teñirá muchos de nuestros días, no de un modo taciturno y necesariamente trágico, pero sí existencial. Nunca sabremos todas las respuestas a esas preguntas, pero será entonces, y no antes, cuando nos lo podamos cuestionar.

Y el tercer y último ingrediente será la inequívoca sensación de estar perdido. Veintitantos años centrados únicamente en formación, en estudiar, en adquirir unos conocimientos vanos que al final son solo una nube dispersa en el pozo de la mente, ¿para qué? Resulta imposible no sentirse imbécil, frustrado y estafado por un sistema y un mundo que no valora el tiempo y el esfuerzo invertido en estudiar, pero más incluso cuando basamos algo tan crucial para nuestras vidas en decisiones que debemos tomar en plena adolescencia. ¿Cómo podía estar seguro a los dieciséis años de qué bachillerato tenía que hacer si era solo un crío? ¿Quién puede asegurar todo su futuro laboral en una decisión tomada con apenas dieciocho años, con la garantía de que no se arrepentirá? ¿Sería nuestra situación actual distinta si hubiéramos elegido otra carrera, un camino distinto, otro tipo de formación? ¿Se supone que el conformismo es la meta final? ¿Subsistir sin más con empleos precarios mientras poco a poco aspiramos menos a los sueños que una vez sembramos al empezar a estudiar? Sería, podría, tendría, sabría… Tantos condicionales juntos hacen al miembro del limbo de los veintitantos delirar, sentirse preso en un laberinto injusto y torpe del que nadie le puede ayudar a escapar.

No es un síndrome, no es un estado de ánimo, no es una etapa por la que tengamos que pasar todos los jóvenes durante los primeros años de adultez, no. El limbo de los veintitantos es el resultado de una situación social, económica y educacional particular, y que nos va a impedir a muchos sentirnos bien y en paz con el mundo y con nosotros mismos durante mucho tiempo. ¿Qué pasará cuando cumplamos treinta? ¿Habremos encontrado el camino correcto? ¿Seguiremos igual que como estamos ahora pero con más años, menos optimismo y una lista más larga de pasillos incorrectos por los que hemos deambulado en el laberinto? ¿Sabremos lo que queremos hacer realmente, lo que queremos ser, adónde queremos llegar, cómo conseguirlo?

Seguramente no, pero al menos plantearnos todas estas preguntas será un buen comienzo para acercarnos poco a poco a la salida.

o-GIRLS-SEASON-4-RENEWAL-140109-facebook

La generación de usar y tirar

Aunque sea en diciembre cuando celebramos el final de una etapa y el comienzo de la siguiente, a mí septiembre siempre me ha parecido más ligado a esa sensación. Será por coincidir con el inicio del curso escolar, por la vuelta de vacaciones o porque las televisiones vuelven después de un largo verano de refritos, películas de segunda y rostros sustitutos en la programación. Será.

El caso es que, este año, mi nueva etapa ha empezado de un modo diferente al de otros años. He vuelto a la ciudad donde cursé mis estudios, he concluido mis lazos con toda universidad para buscar trabajo y empezar a ganarme la vida, estoy más cerca de mis sobrinas y puedo verlas a menudo y no cada varios meses, salgo con mis amigos de toda la vid… oh, wait, ¿dónde está todo el mundo?

Que la gente joven emigra de España en busca de trabajo (ojo, no de una vida mejor) dejó de ser noticia hace, lamentablemente, cuatro o cinco años, pero reconozco que nunca lo he vivido en mi círculo más cercano. Sin embargo, nada más volver a Murcia hace unos meses descubrí que del puñado de mejores amigos que aún puedo contar con los dedos de las manos, un porcentaje inquietante se iba al extranjero a buscar trabajo este mismo mes. «Bueno, no será seguro aún, imagino, a lo mejor encontráis algo antes», les dije. «Ya tenemos los billetes comprados», me respondieron.

Tú a Reino Unido, yo a Múnich. Eso pensé cuando me contaron sus planes de fuga al extranjero. Y fue entonces cuando, especialmente con uno de los casos, me di cuenta en realidad de hasta qué punto el sistema laboral teje sus trampas para exprimir a los trabajadores jóvenes (y a los no jóvenes también) hasta la extenuación, y de cómo las leyes se derogan o se perfilan según los intereses de unos pocos.

Os cuento.

Una de mis amigas llevaba trabajando dos años en una clínica conocidísima de Murcia (que cuenta con varias decenas de empleados, unas instalaciones tremendas y trabajo para dar y repartir), cuando la despidieron este septiembre. La verdad es que no le sorprendió, porque ya estaba acostumbrada a la incertidumbre que sufría cada 6 meses ante el sí o el no de la renovación. «Es lo que tiene un contrato en prácticas», me dijo. Le pedí que se explicara, y me dijo que nada más acabar la carrera debía sumar 2 años en prácticas antes de poder aspirar a un contrato mejor, justo el tiempo que había estado trabajando allí. «La clínica recibe subvenciones por contratar a recién graduados sin experiencia, pero al cabo de ese período de tiempo puede elegir renovarlos y hacerlos indefinidos o echarlos y contratar de nuevo a gente en prácticas. La diferencia es que me pagaron 650€ el primer año y 750 el segundo, y de hacerme fija me habrían tenido que subir el sueldo un poco más». «¿O sea que no te han echado porque no haya trabajo?». «Al revés, si hay más trabajo que nunca –me respondió mi amiga–. Una excompañera me ha dicho que ya han metido a alguien en mi puesto. Una chica en prácticas, claro».

Dejando a un lado que hace apenas siete años un sueldo mileurista se consideraba poco más que una limosna, me pareció un negocio redondo lo de contratar durante dos años a jóvenes desesperados, a cambio de un sueldo que hoy nos parece aceptable pero sigue siendo ridículo para subsistir, para al cabo de ese tiempo darles la patada. No me pareció carente de sentido que el Estado apoyara a empresas para contratar a recién graduados, sino más bien encomiable, pero sí una tomadura de pelo que después de ese período no existiera ningún mecanismo que exigiera a dicha empresa a apostar por un perfil joven profesional.

Yo no entiendo mucho de leyes laborales ni convenios ni economía, pero tampoco me hace falta para saber que de poco sirve el dineral que el Estado y las familias gastan cada año en formar universitariamente a cientos de miles de jóvenes si luego las empresas los contratan con malas condiciones e intereses deshonestos para despedirlos dos años después. ¿Son los universitarios de nuestra generación trabajadores de usar y tirar, profesionales que conviene exprimir con contratos miserables concatenando prácticas y prácticas eternas? ¿Qué empresa valorará contratar a mi amiga si puede hacer lo propio con alguien durante 24 meses recibiendo subvenciones y sin la más mínima obligación de hacerla fija después? Una empresa mágica y utópica, desde luego. Pero para utópico que a dos meses escasos de las elecciones sigamos oyendo casos así, siga la gente preparada de nuestro alrededor huyendo en masa a otros países, y sigan los políticos y seudopolíticos diciendo en televisión que el gobierno no ha sabido conectar con la ciudadanía por «un problema de piel», pero que la economía va de puta madre.

d42269a985bbb6b88c9019192c537345
Dramatización: un miembro de la generación de usar y tirar depositando su curriculum en la basura porque total para trabajar en el Primark de Gran Vía lo mismo le da.

Si tuviera una solución perfecta a esta problemática no estaría escribiendo este post, por lo que soy consciente de que nada es blanco, negro o gris. Aun así, resulta obvio que con este modelo se consigue lo que lleva sucediendo cuatro, cinco o seis años a un nivel desolador: un éxodo, una migración sin precedentes. Por primera vez es la gente cualificada la que se va, y no la mano de obra barata. «Lo que le hace falta a este país es un partido con experiencia en gobernar, y por eso deben votar al partido popular», decía Pablo Casado, vicesecretario de Comunicación del PP, el domingo pasado en El Objetivo, después del intenso y a todas luces desesperanzador cara a cara de Albert Rivera y Pablo Iglesias en Salvados. ¿Experiencia en qué?, me pregunto. ¿En robar, destruir pruebas procesales, eliminar ayudas a la dependencia, bajar el nivel de vida de la clase baja y media y subir el de los más pudientes? No lo sé. Y digo desesperanzador porque, a pesar de marcar un hito en la historia del periodismo político en España, quedó meridianamente claro que ninguno de los dos es capaz de solucionar el lío al que nos ha llevado la mala gestión, el despilfarro y la corrupción.

pablo casado
Pablo Casado de fiesta en El Objetivo de Ana Pastor.

Yo no sé a quién votaré, no sé quién tiene las respuestas a todas las preguntas ni las soluciones idóneas para acabar con un sistema que, es evidente, está conllevando al éxodo de la mayor cantera de jóvenes preparados de la historia de este país. Desconozco muchas cosas, pero tengo claras tres: la primera, que sé a quién no votaré; la segunda, que le deseo toda la suerte del mundo a los amigos que se van a Alemana, Reino Unido y donde sea en busca de algo mejor, y también a los que se quedan aguantando los abusos laborales amparados por la ley; y tercero, que nos ha tocado ser la generación de usar y tirar, y que no olvidemos dar las gracias cuando nos contraten en prácticas, porque encima es una suerte que confíen en nosotros.