Cuando dejemos de huir

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Dejemos de huir, a ninguna parte, desde cada rincón del planeta, en direcciones opuestas, porque sí y por qué  no, dejemos de huir cuando no sabemos qué buscar.

 

No importa el tiempo que pase, las veces que ocurra o la cantidad de maletas que he llenado todos estos años; cuando llega la hora ineludible, nunca me acostumbro a tenerme que marchar.

Al principio creía que era porque al hacerlo, al dar la espalda a un sitio en el que había tenido una casa, una familia, una historia, perdería el contacto con todo aquello, pondría el contador a cero y una vez llegado al próximo destino tendría de nuevo que empezar. Era doloroso y cansado enamorarse de tantos lugares y personas para tener que olvidar poco después, para hacer hueco en las maletas y en el alma a los lugares y personas que estarían por llegar. Dolía avanzar. Dolía querer, amar, y olvidar de nuevo.

Al poco me di cuenta de que incluso así, esa sensación tenía fecha de caducidad. No en vano, había cierto éxtasis en la búsqueda irrefrenable de nuevos mundos, emoción en el hallazgo y la conquista de un hogar, y casi magia en el encuentro fortuito con personajes distintos a los del anterior lugar. El resquemor duraba poco, la nostalgia, aquel dolor, porque todo lo nuevo estaba allí para asombrarte, para llenarte la boca y los ojos de luz, para coger sitio en tus entrañas y hacerte sentir que habías llegado a alguna parte al fin, a alguna parte de la que quizá no te tuvieras que marchar.

Al final, repetisteis tanto esos patrones que averiguaste la verdad. El frenesí de la llegada y la conquista y el encuentro se diluía con el paso de los días, las semanas y los meses, y los años amenazaban pronto aquellas nuevas tramas, sus personajes y todo lo demás, apuntando de manera primero medida y casual, y luego violenta y sin escrúpulos, el término de un horizonte con un punto al otro lado. Uno y final.

Así fue como te diste cuenta.

Así fue como se lo dijiste a él, que te acompañaba de ciudad en ciudad, de estación en estación, de historia en historia. Necesitabais hablarlo, parar un instante, coger aire y pensar un plan. Pero el trato había sido precisamente ese: que no había ningún plan. Y aquella brecha abrió un abismo que se tragó las maletas, los billetes de avión, la frustración y las ganas de descubrir y amar de nuevo, junto con todo lo demás.

Sus maletas están ya en la puerta. Las tuyas en el dormitorio, a punto para cerrar. Pero no vas a hacerlo, no esta vez. Él empieza a intuirlo ahora, al ver en tus ojos que no puedes más, y al descubrir en sus manos la elección de hacer lo que lleváis haciendo  durante años o arriesgarse a fracasar. Tiene miedo. No es tan valiente como tú, todavía no ha descubierto que no hay nada al otro lado de esa huida hacia delante en que habéis convertido vuestra vida, o puede que sí, pero que todavía no esté listo para enfrentarse a la verdad.

Y por eso se dirige a la puerta, se queda quieto un segundo, uno tan solo, de espaldas a todo y a ti, coge las maletas, mira los billetes con el próximo destino impreso (¿cuándo y dónde acabará?), y se marcha para siempre.

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Carlos