El viaje de Arlo, Pixar repite fórmula pero no resultado

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Cuando Disney reveló públicamente en 2011 la producción de una película de dinosaurios en manos de Pixar, muchos no pudimos ocultar nuestra emoción. La calidad del alabado estudio de animación, que nació y creció junto a muchos de nosotros durante los 90, ha superado todas las barreras que había de superar para hacerse un hueco en la historia del cine. Por eso muchos simplemente no podíamos esperar.

Pero lo hicimos. Esperamos. Y lo cierto es que bastante, además. El proyecto, iniciado en 2009, no fue anunciado hasta 2011 con el confuso título de The Untitled Pixar Movie About Dinosaurs. En 2012 el estudio lo pensó mejor y llamó a la película The Good Dinosaur. Después habría cambios en la dirección, en la producción, en el guion y hasta en el reparto original, pocos meses antes de su estreno en EE. UU. A este lado del charco, por otro lado, pasamos de conocer la película como Dinosapiens a hacerlo como El viaje de Arlo, lo que despertó ya un cierto escepticismo. Aunque la traducción de los títulos es un misterio digno de Cuarto Milenio, ¿por qué tantos cambios?, ¿por qué tan tarde?

El viaje de Arlo cuenta la historia de un joven y miedoso apatosaurio cuya familia le insta a cambiar, a ser valiente y a enfrentarse al mundo que lo rodea. Un día, sus reservas de comida son atacadas por un animalillo omnívoro desconocido, y Arlo es el encargado de darle caza. Pero cuando por fin logra capturar al misterioso ser (que resulta ser un niño humano, salvaje y de comportamiento similar a un perro), lo compadece y deja marchar. Esa noche, el padre de Arlo lo lleva a las montañas para seguir el rastro de la criatura, pero se desata una terrible tormenta y solo Arlo logra sobrevivir. Así, motivado por el resentimiento y la culpa, Arlo se escapa de casa para encontrar al ser que no pudo matar, y en quien focaliza todos sus pesares.

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Uno de los primeros concept art que Pixar reveló durante la producción.

El afán de superación, el viaje del héroe, la aceptación del dolor y de la pérdida y la forja de la amistad son los temas transcendentales y vertebrales de El viaje de Arlo, todos archiconocidos y archiexplotados se mire donde se mire. El problema, sin embargo, no es que el argumento de la película sea previsible, sino que ninguno de estos elementos es tratado con el más mínimo atisbo de originalidad. El problema no es que El viaje de Arlo recuerde a En busca del valle encantado en estructura y desarrollo , sino que trate de imitar algo que ya vimos hace un cuarto de siglo y no se moleste en añadir nada nuevo digno de mención.

Los intentos vanos del argumento por presentar un mundo diferente en el que los dinosaurios sobrevivieron a la extinción y son hoy día seres inteligentes, sedentarios y que cultivan y tienen rebaños de otras criaturas para alimentarse, es al final una mera excusa extraña y ambigua. ¿Con qué fin El viaje de Arlo crea unas premisas tan concretas? ¿Sirve ver a un grupo de tiranosaurios vigilando un rebaño de búfalos para algo más que para hacerles a los niños del mundo un cacao evolutivo tremendo en la cabeza? Podría, si la trama quisiera hacerlo, pero no es el caso. Pixar podría haber contado toda una historia de amistad entre Arlo y Spot (el niño humano) sin necesidad de crear un universo que no tiene la suficiente fuerza. Y es una pena, porque en esta película nos encontramos al mejor Pixar técnico que hemos visto nunca. Las imágenes, la estética, los colores, la música, la fluidez de la animación, el diseño de los personajes, la ambientación… Todos y cada uno de los elementos audiovisuales de El viaje de Arlo constituyen la cima técnica de Pixar…, pero nada más.

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Al menos los raptores tienen plumas, fidelidad científica de la que pocas películas de dinosaurios pueden presumir.

Innecesaria, olvidable, predecible… El viaje de Arlo podría definirse de muchas formas, pero en cualquier caso la taquilla y la crítica han sido unánimes. Se suma a la pequeña pero mensurable lista de intentos fallidos de Pixar, aunque en esta ocasión tan solo unos meses después del éxito rotundo y sin parangón de Del revés (Inside Out). Bien es cierto que ningún estudio, sea de animación o no, debe hacer y hace únicamente obras maestras, y tampoco sería justo que le exigiéramos algo a Pixar que no le hemos exigido nunca a Disney o Ghibli. Entretenimiento sencillo y nostalgia a nuestra infancia, eso es lo único que puede ofrecer El viaje de Arlo, al menos al público adulto o seudoadulto. Pero el caso es que a veces voy al cine en busca de algo más, no solo de una excusa para pasar dos horas de mi vida. Y aquí es donde El viaje de Arlo fracasa estrepitosamente.

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Lo mejor: a mi sobrina de 4 años le encantó.

Lo peor: es una remake de En busca del valle encantado pero sin carisma, a medio gas y 25 años después.

Nota: 5.

El puente de los espías, otro éxito de Spielberg condenado a no brillar

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Hace poco se estrenó en España la última cinta de Steven Spielberg, rey de Midas de Hollywood y padre de Tiburón (1975), E. T. (1982), Jurassic Park (1993) o La lista de Schindler (1993): El puente de los espías. Durante los últimos 20 años este prolífico y rentable director –uno de los más grandes de la historia del cine le pese a quien le pese– ha ocupado más veces el papel de productor que de director, pero aun así son numerosos los proyectos en su haber. La terminal (2004), Las aventuras de Tintín (2011), Caballo de batalla (2011) o Lincoln (2012) son algunas de sus películas recientes más reseñables, aunque en ninguno de estos casos Spielberg ha repetido el éxito de etapas anteriores ni ha obtenido el apoyo masivo y rotundo de la crítica.

¿Por qué? Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea, pero resulta obvio que después de alcanzar la perfección argumental y técnica durante la década de los 80 y los 90, Spielberg parece haber probado un poco de aquí y allá tratando de repetir quinielas pasadas. El no éxito es relativo, porque ya quisieran muchos tener la filmografía de este laureado director, contar con la confianza plena que tienen las productoras consigo y ser el hacedor de algunas de las películas más famosas, recordadas y emblemáticas de la industria. ¿Pasará a formar parte El puente de los espías de esta última y anhelada lista? Seguramente no. ¿Quiere decir eso que es una mala película? Ni muchísimo menos.

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El puente de los espías destila buen gusto, ritmo, calidad y aroma a clásico desde el primer fotograma. Pese a lo que uno cabría esperar, no nos cuenta la típica historia de espías repleta de suspense, acción y persecuciones al más puro estilo Bond, sino humanidad, ética y conflicto moral. La historia nos presenta a Rudolf Abel, un supuesto espía soviético descubierto en los EE. UU. y cuya defensa judicial va a parar a James Donovan, un abogado competente más experto aún así en seguros que en lo penal. La trama se complica cuando un avión norteamericano es abatido al norte de Turquía y el piloto Gary Powers cae en manos enemigas. Es propuesto entonces un intercambio entre espías, el cual debe llevar a cabo el mismo Donovan defensor de Abel.

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Tom Hanks (Donovan) y Mark Ryalance (Abel) encabezan un reparto muy compacto en el que destacan de un modo extraordinario. Hanks proyecta un personaje riquísimo y humano que seduce al espectador desde el primer minuto, pero el trabajo de Ryalance es incluso superior, porque aun interpretando a un supuesto espía enemigo, despierta una humanidad y complejidad inmensas en muchos menos planos e infinito menos guión. Los hermanos Coen están detrás del libreto, correcto, ágil, fluido y que presenta una historia larga y lenta, paradójicamente, que sin embargo no se hace larga en absoluto. El trabajo de ambos y de Spielberg es soberbio, tanta corrección y perfección que al final te preguntas: ¿qué es lo que falta? ¿Qué es lo que no convierte a El puente de los espías en obra maestra?

Ya a Lincoln y a Caballo de batalla les pasó algo parecido, obras intensas, brillantemente ejecutadas, correctas y emotivas que sin embargo carecen de la chispa suficiente, de ese qué se yo especial que necesita la crítica y necesitamos nosotros para salir de la sala de cine con el corazón en un puño.

En última instancia el relato pretende ser un filme entretenido con reminiscencias a clásico que reflexiona sobre la identidad de los EE. UU. y el contexto agresivo y brutal de la Guerra Fría. El viaje de Donovan a Berlín catapulta al espectador a un final triste, emocionante y luminoso a la vez, como si las guerras y los conflictos políticos hicieran tanto daño que, ni aun cuando terminan, se pudieran olvidar. Al final nos quedamos con la labor impecable de ese hombre que no tenía por qué defender a un espía ruso y lo hizo, y no por orgullo, y no sin luchar, sino porque era su obligación como hombre y como ciudadano de su país.

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¿La moraleja? Que somos lo que hacemos, lo que pensamos, y no lo que pone en nuestro DNI, lo que dicen nuestros gobernantes ni lo que piensan los que controlan el mundo. Somos solo nosotros los dueños de nuestro destino, de nuestras decisiones, de nuestros principios, y por eso debemos levantarnos y seguir en pie aunque tropecemos, aunque nos golpeen, aunque inevitablemente la vida nos ponga muros en el camino. Porque todos los muros, como el que hubo en Berlín durante tantos años y que tan desolador aparece en El puente de los espías, se pueden derribar.

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Lo mejor: el dúo masculino protagonista y el ritmo incesante y correcto.

Lo peor: que no haya un boom final que te quite el aliento y que haga a la película inolvidable.

Nota: 8.

Los Juegos del Hambre: Sinsajo Parte 2 (o la revelación final del verdadero enemigo)

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El viernes pasado se estrenó en España el esperadísimo final de Los Juegos del Hambre: Sinsajo Parte 2. Antes de empezar a analizar este capítulo conclusivo para la adaptación al cine de la saga escrita por Suzanne Collins, me gustaría aclarar que soy muy fan de Los Juegos del Hambre. La literatura juvenil (y si es fantástica todavía más) está tan infravalorada en España que sorprende la gran cantidad de movimientos prolectores que han aparecido a lo largo de los últimos años en redes sociales como Youtube (llamados booktubers), Blogspot, etc. En esto, como en tantas otras cosas, hay países como EE. UU. o Gran Bretaña que nos llevan una ventaja escalofriante. Allí las novelas juveniles, sean sagas o no, pertenezcan al género fantástico o no, se consideran a la altura de la novela adulta, de la narrativa. Porque así debe ser.

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España es un país extraño de costumbres extrañas, en el que si los jóvenes adolescentes no leen nos quejamos; y si leen literatura juvenil, también. Pero lo cierto es que aquí no se premia (ojo, ni el país como unidad de gobierno ni muchas veces los medios de comunicación) el valor inefable de algunas obras enfocadas a lectores pre-adultos. Esto está cambiando, por supuesto, pero como siempre todo nos llega tarde y mal. Esperemos que el cine, que la globalización y que las redes sociales permitan algún día que sagas juveniles de calidad como Las crónicas de Narnia, Harry Potter Los Juegos del Hambre sean escritas en España, o en cualquier otro país de habla hispana, para que nos podamos sentir orgullosos de ellas.

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Dicho esto, entremos en materia. Sinsajo Parte 2 arranca sin preámbulos ni frenos donde acabó su predecesora, la homónima Sinsajo Parte 1, justo después del rescate de Peeta y el «incidente respiratorio» de Katniss. Lo cierto es que no llego a comprender demasiado el por qué de la nueva moda hollywoodiense de dividir los libros finales de las sagas adaptadas en dos películas. Bueno, claro que lo entiendo, si puedes recaudar el doble de taquilla por un mismo producto, ¿por qué no hacerlo? Y aunque en Harry Potter y las Reliquias de la Muerte esta división resultó adecuada, ya que cada una de las partes contaba con su propio inicio, nudo y desenlace, en el caso de Sinsajo no me lo parece tanto.

Todos estamos de acuerdo en que Sinsajo Parte 1 fue tediosa, muy introductoria, con poca acción, como si fuera (y realmente era así) el preámbulo de un segundo acto mucho más emocionante. Esto es porque la primera parte no contó apenas con momentos de clímax, y el problema de Sinsajo Parte 2 es justo el contrario, apenas hay espacio o tiempo para nada más que no sea acción. Esto no quiere decir que una u otra sean malas películas, porque no lo son, ni que no pueda haber buenas películas con acción desde el minuto uno (Mad Max: Fury Road, ejem), pero sí es obvio que ambas están muy por debajo de la anterior En llamas (al menos narratológicamente) y que funcionarían mejor como un solo producto. La moraleja que saco de todo esto es que si la materia prima para una adaptación es buena, sería un detalle por parte de las productoras tocar y cortar lo menos posible. Dudo que lo hagan, dado que todos acudimos en masa dos veces al cine en lugar de hacerlo solo una vez, pero a veces no solo nuestro bolsillo se resiente, también la estructura y el sentido de la historia, como es el caso.

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Resuelta esta opinión, también es cierto que al contar con mucho más metraje y presupuesto, la adaptación de Sinsajo Parte 2 es un regalo para los lectores del libro, pues es tan fiel y tan rica, está tan cuidada y bien pensada, que es muy difícil encontrar defectos o cambios significativos. Jennifer Lawrence encabeza un reparto que ya demostró en anteriores entregas su calidad, pero destaca por encima de todos de un modo tan claro que cabe preguntarse si alguien podría haber hecho mejor el papel de Katniss Everdeen. Parece improbable. Las escenas de acción son increíbles, y el último tercio de la película un terremoto brutal. La guerra tiñe de oscuridad y miedo el final de la saga, aunque ya lo hizo en la anterior entrega (porque, insisto, resulta difícil entenderlas por separado), por lo que la madurez de los personajes, el miedo, la ira, la venganza y la muerte destacan por encima de todo lo demás. Obviamente no voy analizar el final, pero sí diré que me parece que Suzanne Collins hizo un trabajo soberbio con esta saga, pues la crítica social que hay en Los Juegos del Hambre, así como al poder, es tan buena, tan sincera, tan real, que causa escalofríos.

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Sinsajo Parte 2 es un broche de oro para una saga extraordinaria que, aun partiendo de un aparentemente baladí triángulo de amor adolescente, reflexiona sobre lo que les ocurre a las personas cuando alcanzan el poder, cuando lo anhelan y cuando lo consiguen sin haberlo pretendido. Las guerras son así, en ellas mueren tanto inocentes como verdugos, y nadie puede asegurar que cuando el poder pase de unas manos manchadas de sangre a otras nuevas, estas estén lo suficientemente limpias. Y la paz, la mal llamada paz que sobreviene a todos los conflictos, al final solo sirve para llorar, para aprender a convivir con el duelo, para aceptar la ausencia de los que se fueron. Y para recordarlos.

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Lo mejor: el clímax final y la revelación para el espectador/lector y para Katniss de quién es el verdadero enemigo.

Lo peor: que narrativamente carezca del apoyo introductorio suficiente, tan extenso y dilato, sin embargo, en Sinsajo Parte 1.

 

 

Nota: 7,5.

Spectre: la fórmula del éxito sigue brillando, pero menos

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Resulta inútil decir que la saga de James Bond tiene los días contados cuando su vigesimocuarta y última entrega lleva recaudados, apenas tres semanas después de su estreno en Reino Unido e Irlanda y dos en el resto del mundo, más de quinientos millones de dólares. Igual de vano que teorizar sobre el futuro de la saga, sobre si este episodio ha estado a la altura de los precedentes o sobre si Daniel Craig o Sam Mendes repetirán en la interpretación principal y dirección, respectivamente. Es evidente que el público sigue estando por la labor de consumir este tipo de filmes, que la industria cinematográfica aún tiene talento y creatividad suficientes como para explotar la inextinguible vida del agente secreto británico más famoso de todos los tiempos, y que una fórmula tan antigua y repetida como la de la franquicia Bond, si bien ejecutada, va acompañada de éxito le pese a quien le pese.

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Bond de paseo por los tejados de México D. F.

Eso no quiere decir ni muchísimo menos que Spectre sea una película perfecta. Si bien Skyfall sorprendía hace tres años con más aciertos que errores en su haber, esta última entrega no corre la misma suerte. Mendes ejecuta un arranque espectacular en Spectre, con unos primeros minutos de infarto en el corazón de México D. F. durante la celebración del Día de los Muertos. La extensión del plano secuencia, la enormidad del entorno, la cantidad ingente de extras y la argucia técnica de la persecución-huida de Bond y Marco Sciarra entre la multitud nos dan una pista sobre lo que rezuma a evidencia durante toda la película: no han reparado en gastos. Spectre es cara, carísima, y en cada secuencia se percibe esa antiausteridad, esa búsqueda de la perfección, del detalle y del cuidado de la fotografía. Se nota y se agradece, sí, pero no es suficiente. Pronto ese alarde de presupuesto queda ensombrecido por un Bond perdido que vaga por media Europa y África en pos de una misión que la fallecida «M» le envió por correo poco antes de morir.

La ausencia de Judi Dench es difícil de sobrellevar, a mi humilde parecer. Sin intención de menospreciar al gran Ralph Fiennes en el papel de nuevo jefe de Bond, Dench llenaba la pantalla de un modo especial, y me atrevería a decir que gran parte del éxito de Skyfall residió en el sucinto papel que tanto ella como Craig hacían; eran las dos caras de la misma moneda, eran un equipo. Y Bond, en Spectre, como ya he dicho, está perdido, sin equipo, sin misión, sin nada. Hay otros personajes, por supuesto, como una nueva y joven chica Bond, interesante aunque demasiado intensa, incluso estúpida en ocasiones, extremadamente temeraria por momentos y sin embargo de pronto débil. Creo que el personaje de Léa Seydoux no está del todo bien definido, y que en algunas de sus decisiones o reacciones poco verosímiles se sustenta el hecho de que el espectador desconecte de la película. En contrapartida, el antagonista de Spectre es de manual, tan enigmático, aterrador y desconocido que resulta imposible no sentirse inhumanamente atraído por él, en tanto en cuanto pone los pelos de punta. Christoph Waltz está espléndido en el papel, y se percibe en la pantalla cómo goza al interpretar un malvado de altura.

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Realmente bueno el juego de luces y sombras que oculta el rostro de Christoph Waltz poco antes de desvelar la identidad de su personaje.

Y poco más. La historia navega a ratos entre tintes conspiranoicos a lo 1984 de George Orwell y entre el más puro estilo El caso Bourne, llevando a los protagonistas de ciudad en ciudad mientras deshilvanan poco a poco las pistas que los llevan hasta la espeluznante organización secreta llamada Spectre. Hay cosas buenas y cosas malas en el trayecto, persecuciones realmente conseguidas y momentos inolvidables (como el de Roma, cuando Bond descubre dónde se reunirán los miembros de Spectre tras el fallecimiento de Sciarra), pero lamentablemente también hay largos episodios seudorománticos demasiado tediosos para un servidor, y giros inverosímiles como el hallar habitaciones secretas dentro de un hotel, o como que en apenas unas horas los sentimientos de la chica Bond cambien tanto como el día y la noche.

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“¿Dónde coño estamos?”.

«Es una película, al fin y al cabo, es ficción», me diréis, pero ello no tiene por qué ser excusa para la inverosimilitud o, aún peor, el tópico. Ni aunque la película pertenezca a la franquicia de James Bond. Spectre es correcta, lo reconozco, entretenida, trepidante, y funciona, pero no consigue superar el lastre de una inmediatamente anterior muy superior parte. Skyfall podía presumir con más razón de originalidad y buen gusto donde Spectre solo puede hacerlo de romper huesos y enamorar a jovencitas. Ambas son buenas películas, cumplen su función, ni Spectre es tan mediocre ni su predecesora tan brillante, pero las comparaciones son inevitables, odiosas quizá, pero inevitables. Y de este asalto Spectre sale con dignidad, con la garantía de dejarse ver y de ofrecer a ratos un entretenimiento de calidad, pero sin la victoria.

 

 

Lo mejor: el comienzo.

Lo peor: la súbita historia de amor y que no haya un hilo conector vertebrando la trama, sino solo un salto continuo de personajes en el espacio y en el tiempo buscando lo inefable.

 

 

Nota: 6.

Regresión, la venta de humo como trampa argumental

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No voy a mentiros, sabía a lo que me enfrentaba cuando decidí, a pesar del pobre resultado en taquilla y las duras críticas obtenidas, ver la última cinta de Alejandro Amenábar un mes después de su estreno. Lo hice porque me atraía la atmósfera del tráiler, la campaña publicitaria que ha habido detrás de la película y también la idea de disfrutar de un proyecto de intriga policial y suspense psicológico en manos de este (por qué no decirlo) gran director, guionista y compositor español. Aun así, no es la primera vez que un buen proyecto naufraga por su resolución o por cómo la industria lo etiqueta para venderlo. Eso pasa en cine, en cómic, en literatura y en televisión. Un thriller es un thriller, una comedia es una comedia, y una película que emula las características de un género para en última instancia convertirse en otra cosa…, en fin, eso es un fraude, o cuanto menos una desilusión. Y eso es precisamente lo que le ocurre a Regresión.

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Tendría que haber hecho caso al aplastante resultado de la encuesta que hice en Twitter… El time line es soberano.

El problema de esta película no son los actores, la atmósfera o la fotografía, elementos correctos y que están a la altura de lo que cabe esperar, sino quizá el punto de vista que tanto el protagonista como el espectador asumen desde el primer momento. Amenábar juega a vendernos un suceso inspirado en hechos reales relativo a casos de adoración satánica durante la década de los 80 en Estados Unidos. El primer acto es eficaz, nos coloca sin titubeos frente a una familia desestructurada que arrastra un pasado trágico, cuyo padre devoto parece haber violado a su hija en reiteradas ocasiones. Y digo parece porque él no lo recuerda, pero cree haberlo hecho porque, literalmente, «ella nunca miente». A partir de aquí se desencadena una trama puramente policial que por momentos funciona, más cercana aun así en cuanto a calidad a algunas series del género como The Following que a la lejana e incomparable Seven. Pese a las limitaciones, Regresión avanza fácilmente hasta el segundo acto, dejando al espectador en vilo y con ganas de más.

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«Ahora lo matarán a usted también».

Es en el desarrollo del nudo donde el ambicioso juego psicológico se vuelve en contra del propio argumento de Regresión, ya que de tantas vueltas y revueltas el caso policial acaba diluyéndose entre personajes secundarios de existencia injustificable y momentos tan innecesarios como un beso de amor. Para cuando intuimos (más por la duración de la película que por evidencia argumental) que nos acercamos al clímax, el interesante y sugestivo terror psicológico de la película ha dejado de importarnos, pues resulta más que evidente que Amenábar no juega al doble sentido de otras grandes como Shutter Island o El sexto sentido. No, Amenábar solo juega con el protagonista, a quien toma por tonto tanto como a nosotros.

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Cierra la po, que parece que va a llovú.

Al final solo hay humo, solo nada. Después de hora y media dando tumbos entre graneros sombríos, rituales satánicos y visiones espeluznantes, Emma Watson e Ethan Hawke resuelven el gran misterio con una mera conversación, en una habitación cualquiera, sentados alrededor de una mesa. Resulta tan frustrante y triste comprender que los últimos noventa minutos han sido solo una ilusión, que el buen hacer de la cámara, las interpretaciones potables y el ya lejano éxito del planteamiento desaparecen de pronto entre el humo que nos han querido vender. Una pena que Amenábar vuelva a la gran pantalla después de siete años de ausencia con un proyecto tan interesante en concepción pero decepcionante en esencia, y ojalá que no suponga lo que El bosque supuso para M. Night Shyamalan, un giro hacia la trampa argumental que a algunos gusta, pero que pocos son capaces de perdonar.

Lo mejor: la atmósfera inquietante y el primer acto del filme.

Lo peor: el segundo y tercer acto (sobre todo el punto de giro final, que resuelve el clímax de un modo pobre e injusto para con el espectador), y que juega a ser terror psicológico para luego dejarnos con las ganas.

Nota: 4.

Marte (The Martian), lecciones de optimismo desde el espacio

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La ciencia ficción pura o hard es la gran olvidada hoy día del género proyectivo, tanto en cine como en literatura. En un momento de la industria en que la épica fantástica cabalga sin frenos, la distopía juvenil explota todas sus posibilidades, el fin de todo lo que existe no puede estar más trillado, y la space opera prepara su regreso de la mano de Star Wars, quedan pocos creativos que se interesen por este subgénero de la ciencia ficción. Pero algunos quedan.

Después de la belleza sobrecogedora de Gravity y de la interesante y ambiciosa propuesta de Interstellar, llega Ridley Scott adaptando Marte: The Martian, una novela que trata sobre un astronauta creído muerto y dejado atrás en Marte tras una misión fallida. Parece que la ciencia ficción hard solo encuentra inspiración en el espacio, pero no seré yo quien critique este hecho si sirve de acicate para contar una historia entrañable, trepidante e inesperadamente optimista sobre, por qué no decirlo, un hombre que solo quiere sobrevivir. Porque el personaje de Matt Damon no encontrará en Marte nada extraordinario (salvo paisajes estremecedores, desérticos, inhóspitos, bajo el cielo rojo) como monstruos, civilizaciones ancestrales o agujeros negros. No. Mark Watney será el único ser vivo en todo un planeta basto y desolador. Bueno, él, y las patatas que cultivará para comer.

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La ciencia es protagonista en esta historia, pero el acertado guión permite que no trabe en modo alguno el ritmo siempre correcto de la película. Ridley Scott parece  haber aprendido de su último y desastroso viaje al espacio (Prometheus, ¿fuiste tú el culpable o lo fui yo?) y no comete errores donde antes sí los cometió. El reparto es sensacional, aunque abundante, los personajes secundarios están bien definidos y cumplen su función sin necesidad de perderse en extraños derroteros. El pulso constante de la acción mantiene en vilo al espectador mientras sufre las vicisitudes que el siempre acertado Matt Damon tiene que afrontar. Y por cierto, ¿será porque él y Jessica Chastain le cogieron el gusto al espacio con Interstellar que decidieron embarcarse en esta nueva aventura? Lo mismo da, porque el verdadero ingrediente clave en Marte: The Martian, no es el planeta rojo ni las naves espaciales, no son los actores y actrices ni la (esta vez sí) talentosa mano de Scott en la dirección, sino el humor.

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“No quiero parecer arrogante, pero soy el mejor botánico de este planeta”.

El tono optimista de la historia, la ilusión que desprende cada nuevo éxito de Watney y la esperanza con que afronta cada error. Esa actitud positiva y enérgica hacia la vida y hacia el futuro, esas ganas de seguir viviendo, de volver a casa, son las que empapan el personaje de Matt Damon y le dan alas para cautivar. Sufrimos con la historia, lloramos, pero también reímos. Y por eso la película funciona tan bien, más allá de la fidelidad científica y las interpretaciones. The Martian es una buena película porque es coherente consigo misma. Nadie supera los problemas ahogándose en ellos, sumiéndose en la tragedia y tirando la toalla, solo con fuerza de voluntad y optimismo se afronta la adversidad.

Y esa máxima sirve tanto en la Tierra como en Marte.

Lo mejor: el halo de optimismo, el humor, el reparto y los paisajes de Marte.

Lo peor: la gran cantidad de personajes secundarios (quizá algunos no son estrictamente necesarios).

Nota: 8.