The mist

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Una bocanada asfixiante en la oscuridad. El aire gélido te entra por la boca y araña el pecho desde dentro. Cierras los ojos y te notas estremecer. Te gusta. A ti te gusta estar así. El frío es la prueba irrefutable de que sigues vivo. Siempre lo fue.

Al noveno día, llegó. Como una sábana blanca, inmaculada, cegadora, la niebla cayó sobre ti y todas las cosas, y sembró el mundo de penumbra. Los estragos de la aniquilación, las trincheras aún abiertas e incluso los cráteres de las bombas no detonadas; todo, todo quedó sumido de pronto por la niebla. Sepultado por su luz.

Al principio te dio miedo. Imposible ver, estúpido retroceder, temerario avanzar. Porque no había lugar al que volver, en realidad, como tampoco meta a la que dirigirse. ¿Y razones para seguir andando? ¿Aun cuando no sabías adónde ir? Cogiste aire de nuevo, entonces. Cerraste los ojos otra vez. Sentiste la dentellada en las entrañas y en la piel, el escalofrío eterno, el hielo despedazador.

Y te quedaste quieto.

Así fue como te diste cuenta: el miedo era solo una ilusión. Como también aquello que habías estado admirando a lo lejos antes de que se posara la niebla. Ella era la verdad. La bruma. El blanco. La ceguera. El infinito inasible que te oprimía y comprimía sacándote por la boca y las manos lo poco que te quedaba dentro. Debías hacerlo: echarlo todo. Quedarte vacío. Desnudo. Solo en plena nada.

Debías hacerlo para empezar a Ver.

Porque la nada era todo cuanto nunca habías visto.

Y aun así era mucho más que todo lo que siempre habías tenido la oportunidad de mirar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

The jump

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Ya no hay nada claro que ver. Antes lo había. Una vez lo hubo, quizá, o puede que solo confundieras las ganas con la claridad. Ganas de ser, de no temblar, de significar. Pero el miedo acaba encontrando resquicios en la piel y las paredes. Siempre lo hace.

Este no eres tú. Antes lo eras. Una vez lo fuiste, quizá, o puede que solo te sintieras cómodo bailando con aquel disfraz. Cuesta tanto dar con calzado adecuado, prendas cómodas, cálida, embriagadora, hipnótica seguridad. ¿Dónde irá la gente cuando se acaba la fiesta?

Ahora apenas echas la vista atrás. Antes lo hacías. Una vez lo hiciste y no te giraste nunca más, quizá, o puede que te preocupara más el camino que dejabas que el que tenías delante. Ahora lo has visto, el paisaje que se yergue en la distancia, el viento, el fuego, la brutalidad. Y poco a poco se te olvida el dolor de los pies, el peso en los brazos y las lágrimas secas.

No.

No se te olvida.

Es solo que el vacío llena más.

Un vacío tan grande que te abre la boca desde dentro y empuja los ojos. Aprietas. Aprietas solo un poco más. El abismo está cerca, siempre ha estado ahí.

Andar en círculos era tu plan. Lo era. Lo fue una vez. No lo será más.

 

 

Toca el abismo.

Toca saltar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos

 

Let me let you go

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Los pies descalzos dejaban huellas en la grava negra del sendero que te había llevado hasta allí.

La bruma se levantaba del suelo como una sábana y te abrazaba y empujaba a la vez.

La piel erizada, fría, tersa, titilante.

Te agachaste en la orilla, hundiste las manos en el agua y te las llevaste colmadas a la boca.

Un trago.

Dos tragos.

Tres.

Fue entonces cuando se apoderó de tu cuerpo y tu alma el escalofrío infinito.

Los ojos cerrados, bajo la lluvia.

Nunca pensaste que harías algo así.

Y sin embargo lo estabas haciendo.

 

 

 

 

 

carlos

Kill the past

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En algún momento todo se ha puesto del revés. Ya no estoy frente al espejo, sino dentro de él. Me miro desde el negativo, y cada línea, imperfección, arruga o mancha queda revelada con increíble nitidez. Parpadeo. Clavo las pupilas en mis pupilas. Noto el taladro de fuego que intenta penetrar el muro de cristal —pobre de él— en vano. El intento de reconocimiento es parte común ya, e indispensable, de mi rutina. El fracaso también, pero eso no impide que cada mañana ese cuerpo informe y vacilante que lleva mi rostro se plante frente al espejo y me mire desde el otro lado. Intenta verme, quizá me vea, busca aquello que perdió y lo dotaba de verdadera identidad. Y luego, indiferente y apático y sombrío, se da la vuelta.

Hace poco encontré un camino aquí dentro. Al principio temí alejarme de la superficie del espejo. ¿Qué haría mi doble cuando volviera a mirarse si yo no encontraba la forma de volver? Pero ahora creo que podría arreglárselas sin mí. Total, todos lo hacen. Hundirse en las tinieblas es como beber, drogarse o follar. Al principio cada trago, calada o embestida es un ritual, un instante sagrado parte de un todo mucho más sagrado todavía; pero luego la velocidad, el asco y la rabia lo cubren todo y todo acaba dando igual. Quieres correrte, colocarte, vomitar. Quieres terminar. Contigo y con todo. Lo mismo sucede con la oscuridad.

Lo que no esperaba era el frío. ¿No era esto el infierno? Tanto me da. Es sentirlo y abrir la boca y respirar como si tuviera años los labios cosidos. Lleno las manos de aire gélido y pesado y bebo de ellas como de un cáliz. No tardo en quitarme la ropa. Y luego la piel. Y después la carne que separa mis entrañas de aquella sensación infinita y dolorosa que es vivir.

Unos pasos me sorprenden a mitad del llanto. Un niño me mira, curioso e impaciente, y tiende una mano. Tira de mí y me lleva lejos del invierno y las tinieblas. Más allá el camino sigue, titila algo de luz, la calidez abraza.

Intento mirar de reojo, recuerdo el espejo, el frío, a mi doble al otro lado del mundo.

Pero no lo hago, consigo vencerme, paso la prueba.

Y sigo adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carlos