Querido 2015…

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Te escribo esta carta porque dudo que volvamos a encontrarnos. Así es la vida, al fin y al cabo. Crea y destruye, eleva y hunde, junta y separa para siempre. Y así es como me siento yo hoy, precisamente, como si el camino recorrido se acabara de pronto en un precipicio de nombre 31, y apellidos De Diciembre. Por eso nunca me perdonaría desaprovechar esta última oportunidad para decirte lo que siempre pensé y nunca me atreví a ni siquiera dibujar con la punta de los dedos.

En resumen: gracias.

Sí, gracias. Quizá te preguntes por qué. Lo cierto es que yo también lo he hecho, preguntarme qué ha pasado para que de pronto quiera agradecerte cuanto has hecho por mí. Y, ¿sabes?, creo haberlo descubierto: me has cambiado. No sé si a mejor o a peor, o si solo me has lanzado como a una peonza cuesta abajo para marearme y dejarme al final en el mismo lugar exacto que ocupaba antes. Pero lo has hecho, así que gracias. Gracias por regalarme lo que siempre quise y nunca había tenido, gracias por permitirme aprender y estudiar lo que quería. Gracias por cambiar la idea que tenía de mí mismo, por ayudarme a confiar más en lo que puedo y debo hacer, en lo que sé. Gracias por darme lo que me faltaba: instinto.

No todo fue positivo, como bien sabes. Hubo piedras en ese camino, aunque también personas inesperadas que aparecieron de la nada (o reaparecieron) y compartieron conmigo parte de esas luces entre sombras, de ese cambio, de ese renacer, de ese despertar. Hubo soledad, hubo miedo, hubo pérdida. Pero las curvas y las decisiones me propulsaron de pronto a otro lugar antes de tener tiempo para pensar, y entonces todo fue distinto.

También por eso te doy las gracias.

Sí, has oído bien: gracias por destruir todo lo que había creado con mis manos y por arrasar sin reparos ni porqués con todos los cimientos de mi estabilidad. No, no me he vuelto loco. Gracias, querido 2015, por hundirme en la miseria más oscura que he visto en mucho tiempo. Gracias por hacerme recordar, por ver lo que una vez fui y dejé bien muerto allí debajo, por descubrirme que no hay caminos sin salida sino oportunidades para echar a volar. Gracias por darme la fuerza suficiente como para cambiar de nuevo, por poner a mi lado gente con quien merece la pena llorar y reír sin miedo al qué dirán, al futuro o al presente, por quitarme la venda de los ojos, hacerte a un lado de una puta vez y desaparecer para siempre de mi vida. Has sido útil, lo reconozco, has cumplido tu misión, me has sacado del confort y me has enseñado la mierda que puedo ser si no espabilo, pero ahora me toca a mí dejarte atrás.

Se acabó. Así de simple, así de fácil. Hoy todo termina, y mañana cuando me despierte me encontraré a millones de kilómetros de aquí, ya no podré saber quién fuiste ni lo que hiciste de mí. Es ahora o nunca. Así que lee, o escucha, o ignora como siempre has hecho todo lo que  pienso de los dos.

Pero una cosa tenla clara, querido 2015, tú estás acabado, y yo mañana tendré una nueva vida en blanco solo para mí. Y para quien yo quiera que esté conmigo.

Hasta nunca.

Atentamente,

Carlos

¿Feliz? Navidad

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Lo cierto es que desde hace un tiempo te cuesta hacer las mismas cosas que hacías antes. Mirarte al espejo y saber lo que ves, hablar sin apuros sobre el futuro o el pasado, mirar con optimismo tu alrededor, enfrentarte a una hoja en blanco. ¿Por qué?, te preguntas. Puede que sea mala suerte, al fin y al cabo. Una mala racha. Cuestión de tiempo, nada más. No sabes qué es, pero es evidente que algo pasa, algo que no te puedes permitir el lujo de ignorar.

Las luces de estas fechas iluminan de fondo las calles y las plazas como la boba escena desenfocada de cualquier postal. Escaparates, reflejos, voces, villancicos y buenos deseos. Un montón de ilusión que de repente a ti te viene grande, se te atraganta, parece no encajar. Cada vez suspiras más y ríes menos, sonríes tímidamente y agachas la cabeza para pasar a formar parte de ese mismo eco de fondo que en realidad ignoras. Anhelas formar parte de ese paisaje desenfocado que todo el mundo mira y nadie ve. Sueñas con desvanecerte en el vapor del frío.

Frío eres y en frío te convertirás.

¿Cuántos errores has sumado ya? No es culpa tuya, supones, solo un mal año que ha supuesto más inconvenientes y tropiezos de lo normal. ¿Ha sido todo malo, en realidad? ¿Cuándo te atreverás a hacer realmente lo que quieres y no lo que los demás esperan de ti? ¿Cuándo dejarás de ser quien otros quieren que seas, o aquello en lo que estás empeñado en convertirte, y volarás sin más? Flota, flota en este mar incombustible que es la vida. Deja de nadar a contracorriente. Olvida las normas y los qué dirán, el deber, los dictámenes y las limitaciones impuestas y autoimpuestas. Solo cuando no te ates a ti mismo dejarás de equivocarte, dejarás de tomar una mala decisión tras otra.

Estás raro. Solo alcances a ver eso, a decirlo, a reconocerlo. Pero poco más. La Navidad. Ese período del año que antes te encantaba, que sacaba lo mejor de ti, y que ahora apenas araña la superficie opaca y fría de eso en lo que te has convertido. Eso. Una imagen extraña e indefinida de ti mismo, sin voz, carácter ni voluntad. No sabes lo que eres, y por eso no buscas a nadie para que te lo pueda confirmar. Huyes, huyes de todo y todos. Te escondes.

Pero de poco te servirá.

Ah, el invierno. Ese viejo amigo, verdadero y cruel. Ojalá que haya venido para darte alguna bofetada y lanzarte por la borda de algún elevado y confortable precipicio.

Porque ya va siendo hora de despertar.

Electro, de Javier Ruescas y Manu Carbajo: distopía juvenil made in Spain

Electro01Mañana nos vamos de Origen. Papá nos va a llevar al complejo. Dice que ese va a ser nuestro nuevo hogar, que viviremos ahí durante una temporada hasta que todo esto pase. Que allí estaremos a salvo. Lo peor de todo es que esto no ha hecho más que comenzar.

PD: Ha estallado la Tercera Guerra Mundial.

 

 

Javier Ruescas y Manu Carbajo firman esta primera entrega de la saga ELECTRO, una novela juvenil que aspira a convertirse en representante del género de la distopía en nuestro país. Ruescas, conocido, exitoso y prometedor escritor de literatura juvenil, y Carbajo, director, guionista y realizador de cine, coescriben de manera simbiótica y cohesiva una historia que, para ser sincero, llevaba mucho tiempo queriendo leer.

Electro arranca con Ray, un chico normal de 17 años que despierta un día en su cuarto y descubre que el mundo tal y como lo conocía ya no existe. Nos encontramos en un entorno hostil y postapocalíptico, no muy lejano al presente pero radicalmente distinto. Ray descubre que su familia ha desaparecido, que no queda nadie en Origen, y que las personas y criaturas que ahora pueblan este nuevo mundo parecen de película de terror o ciencia ficción… Pronto conocerá a Eden, una chica cuyo cuerpo ha sido modificado para poder sobrevivir. Su corazón no es como el de Ray, sino que necesita ser recargado cada cierto tiempo para seguir latiendo. Ambos formarán una alianza a través de la cual Ray deberá adaptarse o morir, mientras trata de descubrir con la ayuda de un misterioso diario qué pasó en nuestro planeta para que todo cambiara para siempre.

La pesquisa de Electro no solo es interesante, a pesar de típica, sino que funciona. Una ciudad autoritaria, rebeldes, criaturas horripilantes y un protagonista confundido en mitad del conflicto. El contrapunto del diario marca la diferencia, aun así, con respecto a otros títulos de distopía juvenil de estructura similar (como El corredor del laberinto, por ejemplo), de manera que los capítulos de la historia de Ray se alternan con los del cuaderno. La novela funciona, por tanto, de manera dual entre dos líneas temporales que se complementan a la perfección. La aventura de Ray y Eden es fugaz, tiene ritmo y atrapa desde el primer momento; y la novedad de conocer en primera persona qué ocurre durante el «apocalipsis» de la mano del diario pone el broche ideal.

Bien es cierto que los riesgos narrativos son mínimos, y que la novela no pretende innovar (ni tiene por qué, ojo) más allá de los dos planos de lectura paralelos. El lenguaje es sencillo, contundente, fresco y muy fluido, tanto que, en su conjunto y a pesar de superar las 300 páginas, Electro puede ser leído sin ninguna dificultad en menos de cuarenta y ocho horas. Ello deja una sensación de extraña frustración, como si la historia de Ray no fuera lo suficientemente compleja y nos quedáramos con ganas de más, lo que tampoco va muy desencaminado teniendo en cuenta que Aura (la segunda parte) ya ha salido al mercado, y que Némesis (el desenlace), no tardará.

En conclusión, Electro es una novela juvenil correcta y adictiva que crece en intensidad, recomendable para una franja de edad muy amplia, pero que no termina de satisfacer muchas cuestiones que sin duda sí serán tratadas con mayor detenimiento en sus secuelas. Además, el desenlace funciona a modo de boom final e inesperado que incluso cuesta digerir, envolviendo, ahora sí, a la novela en su conjunto con un halo de innovación y riesgo que lejos de restar mérito, lo suma.

 

 

Lo mejor: lo rápido y fácil que se lee, parece que las páginas vuelen entre los dedos.

Lo peor: un final demasiado chocante, quizá, y que la historia de Ray adolezca de poca trascendencia en contrapartida con la del diario.

El puente de los espías, otro éxito de Spielberg condenado a no brillar

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Hace poco se estrenó en España la última cinta de Steven Spielberg, rey de Midas de Hollywood y padre de Tiburón (1975), E. T. (1982), Jurassic Park (1993) o La lista de Schindler (1993): El puente de los espías. Durante los últimos 20 años este prolífico y rentable director –uno de los más grandes de la historia del cine le pese a quien le pese– ha ocupado más veces el papel de productor que de director, pero aun así son numerosos los proyectos en su haber. La terminal (2004), Las aventuras de Tintín (2011), Caballo de batalla (2011) o Lincoln (2012) son algunas de sus películas recientes más reseñables, aunque en ninguno de estos casos Spielberg ha repetido el éxito de etapas anteriores ni ha obtenido el apoyo masivo y rotundo de la crítica.

¿Por qué? Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea, pero resulta obvio que después de alcanzar la perfección argumental y técnica durante la década de los 80 y los 90, Spielberg parece haber probado un poco de aquí y allá tratando de repetir quinielas pasadas. El no éxito es relativo, porque ya quisieran muchos tener la filmografía de este laureado director, contar con la confianza plena que tienen las productoras consigo y ser el hacedor de algunas de las películas más famosas, recordadas y emblemáticas de la industria. ¿Pasará a formar parte El puente de los espías de esta última y anhelada lista? Seguramente no. ¿Quiere decir eso que es una mala película? Ni muchísimo menos.

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El puente de los espías destila buen gusto, ritmo, calidad y aroma a clásico desde el primer fotograma. Pese a lo que uno cabría esperar, no nos cuenta la típica historia de espías repleta de suspense, acción y persecuciones al más puro estilo Bond, sino humanidad, ética y conflicto moral. La historia nos presenta a Rudolf Abel, un supuesto espía soviético descubierto en los EE. UU. y cuya defensa judicial va a parar a James Donovan, un abogado competente más experto aún así en seguros que en lo penal. La trama se complica cuando un avión norteamericano es abatido al norte de Turquía y el piloto Gary Powers cae en manos enemigas. Es propuesto entonces un intercambio entre espías, el cual debe llevar a cabo el mismo Donovan defensor de Abel.

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Tom Hanks (Donovan) y Mark Ryalance (Abel) encabezan un reparto muy compacto en el que destacan de un modo extraordinario. Hanks proyecta un personaje riquísimo y humano que seduce al espectador desde el primer minuto, pero el trabajo de Ryalance es incluso superior, porque aun interpretando a un supuesto espía enemigo, despierta una humanidad y complejidad inmensas en muchos menos planos e infinito menos guión. Los hermanos Coen están detrás del libreto, correcto, ágil, fluido y que presenta una historia larga y lenta, paradójicamente, que sin embargo no se hace larga en absoluto. El trabajo de ambos y de Spielberg es soberbio, tanta corrección y perfección que al final te preguntas: ¿qué es lo que falta? ¿Qué es lo que no convierte a El puente de los espías en obra maestra?

Ya a Lincoln y a Caballo de batalla les pasó algo parecido, obras intensas, brillantemente ejecutadas, correctas y emotivas que sin embargo carecen de la chispa suficiente, de ese qué se yo especial que necesita la crítica y necesitamos nosotros para salir de la sala de cine con el corazón en un puño.

En última instancia el relato pretende ser un filme entretenido con reminiscencias a clásico que reflexiona sobre la identidad de los EE. UU. y el contexto agresivo y brutal de la Guerra Fría. El viaje de Donovan a Berlín catapulta al espectador a un final triste, emocionante y luminoso a la vez, como si las guerras y los conflictos políticos hicieran tanto daño que, ni aun cuando terminan, se pudieran olvidar. Al final nos quedamos con la labor impecable de ese hombre que no tenía por qué defender a un espía ruso y lo hizo, y no por orgullo, y no sin luchar, sino porque era su obligación como hombre y como ciudadano de su país.

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¿La moraleja? Que somos lo que hacemos, lo que pensamos, y no lo que pone en nuestro DNI, lo que dicen nuestros gobernantes ni lo que piensan los que controlan el mundo. Somos solo nosotros los dueños de nuestro destino, de nuestras decisiones, de nuestros principios, y por eso debemos levantarnos y seguir en pie aunque tropecemos, aunque nos golpeen, aunque inevitablemente la vida nos ponga muros en el camino. Porque todos los muros, como el que hubo en Berlín durante tantos años y que tan desolador aparece en El puente de los espías, se pueden derribar.

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Lo mejor: el dúo masculino protagonista y el ritmo incesante y correcto.

Lo peor: que no haya un boom final que te quite el aliento y que haga a la película inolvidable.

Nota: 8.

La desintegración

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Hoy te despiertas convencido de que es el fin. Has podido subsistir las últimas semanas a base de precaución extrema, pericia y buena suerte, pero todo eso se ha acabado. Y lo cierto es que hasta te sorprende haber aguantado tanto tiempo, cuando tanta gente ha muerto ya, cuando tantos han sucumbido al poder ignoto y aterrador de la desintegración. Es un mecanismo extraño, debes reconocer, y curiosamente predecible, como los expertos tanto han subrayado. La realidad ha perdido la consistencia de antaño, y los objetos, las personas, la materia en general, ya no puede sin más seguir existiendo, seguir siendo lo que es, y se desintegra.

Tú lo has visto. En la calle, en el trabajo, en casa de tus padres, en el supermercado. Has visto una farola, una estantería, el periquito de tu madre o los packs de yogures en oferta deshaciéndose sin previo aviso, volviendo al polvo. Es un proceso silencioso e imparable, una vez ha comenzado no tarda ni cinco segundos en terminar, sin importar las dimensiones del objeto, animal o cosa que se esté desintegrando. De repente, puf, y ya no hay nada.

Hoy es el fin; los primeros edificios han empezado a caer. Te asomas a la ventana de tu habitación y ves a personas sin rostro lanzándose al vacío en tal de escapar de la conversión ineludible. Polvo al polvo, ¿no era eso lo que decía una canción? No importa. Vas a la cocina y te preparas un café, pero sin azúcar, porque nada más cogerla se convierte en nada. Qué más da, te dices, si total pronto no tendré nada que comer. Y es verdad, porque el frigorífico estalló en una nube de arena hace cuatro días, el horno se convirtió en un agujero negro hace una semana y la despensa en un balcón abierto al patio de vecinos hace casi dos. Qué más da, te dices.

Te vistes para ir a trabajar, pero la escalera ya no existe y te quedas unos segundos ahí, quieto y pasmado ante tu puerta. Vuelves adentro y te sientas en una de las pocas sillas que te quedan, rodeado de montañas de libros que poco a poco van menguando en altitud. ¿Quedará alguien vivo?, te preguntas. Decides llamar a tus padres para preguntarles cómo están, a los colegas del pueblo que hace tanto que no ves, a esa persona a la que todavía te quedaba algo por decir. Pero el teléfono tampoco está. Supones que se habrá desintegrado durante noche, mientras dormías. Supones que, en realidad, ya qué más da. Seguro que no queda nadie, o que han escapado sin ti y ahora mismo están lejos, adonde no llega la desintegración de la materia ni la debilidad del existir.

Quizá sea cierto lo que decían en televisión antes de que dejara de emitir, que somos nosotros los culpables de esta distorsión, que es el hombre con su vaguedad, indiferencia e insignificancia el causante de que hasta los objetos mismos y nuestra carne decidan ser polvo de pronto sin ninguna razón aparente. Tú no lo sabes. Nunca has estado seguro de nada, en realidad. Pero hoy sí lo estás. Hoy sabes que el suelo en el que pisas no tardará en desaparecer, o que el techo se vendrá abajo al no tener pilares donde sustentarse, o que quizá el edificio entero se desmoronará. Así que te sientas junto a la ventana y ves el mundo acabar, mientras esperas como tantas otras noches a que algo tenga el más mínimo sentido o significado, antes de que te desintegre la cobardía y el asco de vivir, y de morir viviendo.