El jilguero, de Donna Tartt: ¿quién no ha huido de la culpa alguna vez llevándola consigo?

mxCGzEbSobre la superficie de mármol del tocador trituré una de las oxicontinas que atesoraba, la corté y dividí en rayas con mi tarjeta de Christie’s, y, enrollando el billete más nuevo que llevaba en la cartera, me incliné sobre la mesa, con los ojos llorosos a causa de la anticipación: zona cero, pum, un sabor amargo en la pared posterior de la garganta seguido de la oleada de alivio, cayendo hacia atrás en la cama mientras el dulce golpe del pasado me daba directamente en el corazón: placer puro, doloroso y brillante, lejos del estrépito a hojalata de la tristeza.

Once años tardó Donna Tartt en escribir esta novela, galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción de 2014. El mismo tiempo que hizo esperar a sus fans entre su primer y segundo libro. Alguien podría calificar de excesivo necesitar diez años para tener una novela a punto, pero solo quien nunca se ha puesto ante una hoja en blanco con dicho propósito. Escribir es un oficio ingrato, porque como todo arte es caprichoso y muta a voluntad. El escritor es un mero instrumento, un vehículo, y convertir una idea, unos personajes y una historia con un único material (las palabras) requiere trabajo, esfuerzo y sacrificio, pero sobre todo tiempo. En cuanto abrí El jilguero hace dos veranos al cogerlo del stand de novedades, fui consciente de por qué la crítica la describía como «el primer clásico del siglo XXI», y fui consciente de que en cada frase y cada palabra latían esos once años de obcecada dedicación.

La historia de Theo Decker arranca un día cualquiera en Nueva York. Tiene 13 años y vive con su madre desde que, hace un tiempo, su padre se fuera de casa. Theo idolatra a su madre en todos los sentidos; su padre era un borracho, un ladrón, y sin llegar a comprender todavía a los adultos y las múltiples aristas de la dimensión familiar, se alegra de que se fuera y les dejara a él y a su madre solos. Un día, de camino al colegio, madre e hijo deciden entrar al Museo Metropolitano de Nueva York para admirar una colección temporal, con la desgracia de que justo entonces se produce un atentado terrorista. Theo sale indemne del Museo, con un pequeño cuadro indefenso bajo el brazo y un estigma imborrable en su interior. ¿Por qué sintió que debía llevarse aquel pequeño jilguero de Fabritius? ¿Por qué se alejó de su madre poco antes de la explosión? ¿Por qué él sigue con vida y su madre no? ¿Por qué el destino y la muerte no se llevaron a él consigo?

Así comienza la que en un futuro será recordada como primera gran novela de aprendizaje del siglo XXI. El jilguero no trata solo sobre la aceptación de la muerte, del trauma y de la pérdida en una familia desestructurada moderna, sino también sobre el camino que escogemos desde el mismo momento en que se pasa de niño a adolescente y, un poco más tarde, de adolescente a adulto. El jilguero es una novela extensa, la más larga de Tartt, y de lejos la más ambiciosa, pero no es en vano, porque disecciona la evolución de un niño y un joven desde el momento iniciático de un trauma brutal, a través de una prosa cuidadísima y, esto es lo mejor, junto a unos personajes secundarios inolvidables.

Atravesar el país para vivir con su padre fugado hasta la mayoría de edad, conocer y dejarse llevar por la mala vida de quien nada tiene que perder y todo por probar, conocer las luces y las sombras del amor irracional, más puro, más antiguo, y sufrir también las anodinas imperfecciones del ser adulto. En eso consiste el increíble viaje que Theo Decker nos regala a través de un recuerdo extenso y minucioso de su infancia mientras espera en una lóbrega habitación de hotel a que alguien aparezca de una vez. ¿A quién espera el Theo adulto que aún no conocemos? ¿Qué papel juega ese pájaro dorado que parece querer perseguirle hasta el fin del mundo como la mismísima sombra del remordimiento y la pena? ¿Podrá dejar al jilguero volar? ¿Podrá vivir sin llevar de un sitio a otro a la culpa consigo?

Lo mejor: la conjunción bellísima de novela de aprendizaje y de personajes que vertebra su argumento.

Lo peor: el episodio inicial, quizá demasiado largo y que impide un arranque rápido de la historia, y un desenlace no demasiado significativo.

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