La lluvia al otro lado del cristal

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Y al subir al taxi mis palabras son vapor de cristal,
y me dejo el alma cuando escribo en la ventana:
“que sea cierto el jamás”.

El cielo se cubre y tú te acomodas en el sofá, te subes la manta hasta el cuello y miras a través de la ventana. Hoy lloverá. Coges la taza caliente que hay sobre la mesa y te la acercas a los labios. Demasiado caliente. La vuelves a dejar. Metes las manos en el cálido reino de protección que te brinda la manta. Miras a tu alrededor. Asimilas el silencio. Respiras soledad.

¿Estuviste así de solo siempre o es un cambio que como tantos otros ha traído la edad? Tiras de recuerdos. Enumeras los romances, los idilios y las locuras en tu cabeza. No son tantas, en realidad, ahora que te pones a pensarlo. Sonríes. Te preguntas cómo fuiste capaz de hacer aquellas tonterías por amor. ¿Las harías de nuevo? ¿Podrías sentir algo tan fuerte y tan inconveniente por otra persona? ¿Lo darías todo porque así fuera? No, claro que no. Pero no estás seguro de a qué pregunta corresponde esa respuesta.

El problema es que te conformas con muy poco, eso tiene que ser. Esta paz, algún que otro momento de furtiva pasión sin compromiso, viajes solitarios y escapadas con amigos. No necesitas nada más. ¿O sí? Tampoco ves que a tu alrededor la gente sea feliz con el amor. La mayor parte de tus conocidos alimenta de manera ingenua y casi triste la hoguera de una relación dañina, ponzoñosa, irregular. Querer cambiar a otra persona, anhelar convertirla en aquello que nos gustaría que fuera y no tratar de admirar las peculiaridades que una vez nos consiguieron seducir. Eso es lo que tantos y tantos llaman amor. ¿Nos seduce el otro, en realidad, o solo la atractiva idea de no estar solos?

Tú lo estás. Solo, quiero decir. Y te gusta estar así. ¿O no? Bueno, a veces echas de menos esos instantes de peligro inherentes a sentir, ese irrefrenable frenesí que va de la mano junto al riesgo, ese vivir intensamente. Pero ahora aprecias otras cosas, aprecias la independencia, la madurez, la libertad. Todo eso es mejor que vivir fingiendo no darse cuenta de que se es infeliz, porque en el fondo sabes que muchas parejas no se quieren, sino que ven en la sombra del otro sus propios miedos, y prefieren no enfrentarse al mundo solas, desnudas y sin más máscara que la verdad en su rostro, prefieren seguir.

Tú eres más valiente, o como poco, sensato. Más vale solo que mal acompañado, que dice el refrán, aunque también requiere agallas reconocer que se está solo por miedo a encontrar a la persona adecuada y no poderla o saberla retener. ¿Serías capaz de reconocerlo, de hallar a esa persona y perdonarte dejarla escapar?

Parece que la taza ya no está caliente, de pronto, porque te acuerdas de ella y eliges, inconscientemente, admirar la lluvia que acaba empezar a caer al otro lado del cristal.

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