El limbo de los veintitantos

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El otro día pensé en lo mucho que ha cambiado la vida en apenas unas cuantas décadas. Mi madre empezó a trabajar a los doce años, se casó a los veintiuno y tuvo su primer hijo tres años después. Con veinticuatro años ya vivía independizada, tenía un trabajo para el que no había necesitado formación alguna y había empezado a formar una familia. Yo llegué bastante después, y por eso me ha tocado vivir una juventud extraña, muy distinta a la de mis padres o mi hermano mayor, una en que la formación académica y específica ha pasado a considerarse imprescindible y necesaria, la única opción; y el trabajo cualificado, una mera quimera.

El estado actual del mercado laboral y la educación ha acabado derivando en una generación formada y preparada, pero que encuentra más muros físicos y psicológicos que puertas por las que poder cruzar. Abundan en la red pequeños decálogos que enumeran situaciones, momentos o impresiones relativas a ese instante en que dejamos atrás la etérea etapa universitaria, que iza la ilusión y el carpe diem como principal bandera, y afrontamos la edad adulta, para sentar la cabeza. Seguramente muchos de esos elementos hayan existido desde siempre, pero sin duda algunos han sido potenciados por el momento que nos ha tocado vivir. Mi madre nunca supo lo que significa estudiar durante veinte años para después sentirse inútil y engañada, como tampoco yo sé lo que significa dejar la escuela a los doce años para ponerme a trabajar. ¿Qué significa hoy día, entonces, sentar la cabeza? ¿Qué hace clic cuando llegamos a esta edad, por qué de repente lo vemos todo de un modo diferente?

El primer ingrediente debe de ser indudablemente la búsqueda de identidad e independencia, pero no en el sentido que hasta ahora habíamos experimentado. Con dieciocho años se quiere huir de casa, se ansía libertad, intimidad, independencia, pero solo con la máxima de alejarnos del control parental. Salir y llegar a casa sin interrogatorios continuos, elegir el estilo que nos plaza a la hora de vestir, no dar explicaciones por nuestro comportamiento, y un largo etcétera. A los veintitantos, sin embargo, esta necesidad de independencia adquiere otro matiz, un matiz vital, y es entonces cuando queremos ser independientes, sí, pero también autosuficientes. La autosuficiencia incluye el ser capaz de, el llegar a determinados fines por nuestros propios medios, el afrontar ingresos y dificultades, con nuestra propia casa, nuestro propio espacio, nuestro propio hogar.

Un segundo ingrediente sería el autodescubrimiento, la introspección, la maduración interna. Los primeros años de juventud son tan frenéticos, tan alocados, tan llenos de noches eternas, amigos y bares, viajes y besos que al final no nos queda tiempo para pensar, no somos conscientes de lo que queremos hacer en realidad, de lo que somos ni de lo que queremos ser. Cambiamos tanto por fuera que no nos planteamos hacerlo también por dentro. A los veintitantos, no obstante, empezamos a notar ausencias de las que antes no éramos partícipes, vemos mermar a nuestro alrededor el número de gente real con la que compartimos nuestro tiempo y nuestro mundo, y comprendemos que hemos consumido meses y años irrepetibles de un modo egoísta e infantil. ¿Quiénes son nuestros amigos de verdad? ¿Qué hicimos con la mejor época de nuestra vida? ¿Qué pasó para que aquella relación fuera un desastre? ¿Por qué no hemos vuelto a hablar con ese amigo o amiga que fue tan importante? La reflexión teñirá muchos de nuestros días, no de un modo taciturno y necesariamente trágico, pero sí existencial. Nunca sabremos todas las respuestas a esas preguntas, pero será entonces, y no antes, cuando nos lo podamos cuestionar.

Y el tercer y último ingrediente será la inequívoca sensación de estar perdido. Veintitantos años centrados únicamente en formación, en estudiar, en adquirir unos conocimientos vanos que al final son solo una nube dispersa en el pozo de la mente, ¿para qué? Resulta imposible no sentirse imbécil, frustrado y estafado por un sistema y un mundo que no valora el tiempo y el esfuerzo invertido en estudiar, pero más incluso cuando basamos algo tan crucial para nuestras vidas en decisiones que debemos tomar en plena adolescencia. ¿Cómo podía estar seguro a los dieciséis años de qué bachillerato tenía que hacer si era solo un crío? ¿Quién puede asegurar todo su futuro laboral en una decisión tomada con apenas dieciocho años, con la garantía de que no se arrepentirá? ¿Sería nuestra situación actual distinta si hubiéramos elegido otra carrera, un camino distinto, otro tipo de formación? ¿Se supone que el conformismo es la meta final? ¿Subsistir sin más con empleos precarios mientras poco a poco aspiramos menos a los sueños que una vez sembramos al empezar a estudiar? Sería, podría, tendría, sabría… Tantos condicionales juntos hacen al miembro del limbo de los veintitantos delirar, sentirse preso en un laberinto injusto y torpe del que nadie le puede ayudar a escapar.

No es un síndrome, no es un estado de ánimo, no es una etapa por la que tengamos que pasar todos los jóvenes durante los primeros años de adultez, no. El limbo de los veintitantos es el resultado de una situación social, económica y educacional particular, y que nos va a impedir a muchos sentirnos bien y en paz con el mundo y con nosotros mismos durante mucho tiempo. ¿Qué pasará cuando cumplamos treinta? ¿Habremos encontrado el camino correcto? ¿Seguiremos igual que como estamos ahora pero con más años, menos optimismo y una lista más larga de pasillos incorrectos por los que hemos deambulado en el laberinto? ¿Sabremos lo que queremos hacer realmente, lo que queremos ser, adónde queremos llegar, cómo conseguirlo?

Seguramente no, pero al menos plantearnos todas estas preguntas será un buen comienzo para acercarnos poco a poco a la salida.

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