Nada, de Carmen Laforet: el inasible atractivo de la soledad

Nada.inddSi aquella noche –pensaba yo–, se hubiera acabado el mundo o se hubiera muerto uno de ellos, su  historia habría quedado completamente cerrada y bella como un círculo. Así suele suceder en las novelas, en las películas, pero no en la vida… Me estaba dando cuenta yo, por primera vez, de que todo sigue, se hace gris, se arruina viviendo. De que no hay final en nuestra historia hasta que llega la muerte y el cuerpo se deshace…

 

 

Nada es una novela que podría definirse con citas, con fragmentos, con pedazos de lo que Andrea, narradora y protagonista, nos va trazando en ese fluir constante y casi mágico que conforma su primer año de universidad. Carmen Laforet escribió esta novela, ganadora de la primera edición del Premio Nadal en 1944, con apenas veintidós años, y se nota. No se nota en la cierta inmadurez ineludible que todos tenemos a esa edad, sino en el tono del relato, en el sentido de la historia que vive Andrea y en la necesidad que siente esta, y Carmen Laforet, de contarla.

La historia arranca con la llegada de Andrea a Barcelona. Allí, en la calle de Aribau, viven su abuela y dos de sus tíos. Junto con su maleta transporta todo tipo de sueños y aspiraciones, los que cabría esperar de una chiquilla que ha vivido siempre en el campo y que ahora ve en su nueva vida en la ciudad todo lo que siempre quiso. Todo ello se ve pronto sucumbido por la realidad en que la casa de la calle Aribau está sumida: la guerra fue dura, pero la posguerra lo está siendo aún más. Su familia pasa hambre, sus tíos mendigan trabajo, y la rabia, la angustia y el clima perenne de derrota y sumisión encienden cada poco tiempo los rescoldos de la ira y del odio. La universidad pondrá luz al sabor amargo de la vida doméstica, pero tampoco tardará el complicado mundo de las relaciones humanas a hacer mella en Andrea. ¿Qué le queda, entonces?

Andrea nos cuenta su propia historia en pasado, pero sabemos por ciertas frases que no dista mucho el tiempo presente de lo relatado. Lo recuerda todo con claridad, y vuelca sus emociones y vivencias de un modo muy personal e impresionista. Todo en la novela es un aprendizaje, y aun así casi no hay capítulos en los que se nombre la universidad, las clases o los exámenes. Ena lo acapara todo, la amiga perfecta y que cambiará su vida más tarde o más temprano, para bien o para mal, así como en la casa de Aribau son sus tíos, abuela y cuñada quienes absorben toda atención. Andrea sirve en todo momento como cámara que nos enseña su vida durante un año que esperaba mágico y acaba siendo ruin, complejo, irregular. Como todos los primeros años de universidad.

¿Quién no ha sentido al irrumpir por vez primera en una gran ciudad que es abrumado por la brutalidad de todo, por el movimiento frenético y sin pausa de la gente, por la cultura desbordante, por las luces y las sombras, por la soledad intrínseca fruto de estar rodeado de gente en todo momento y aun así sentirse solo? Creo que todos hemos vivido eso alguna vez, y muchos hemos sentido desde dentro querer y necesitar escribirlo. Pues bien, Carmen Laforet lo consiguió, y aunque imperfecta, aunque probablemente juvenil, Nada termina siendo un relato perfecto sobre lo liviano de la existencia, sobre las mil caras que refleja un espejo roto y puede que también antes de romperse, y sobre la soledad del individuo cuando no encaja donde está, no sabe lo que quiere, o busca sin buscar.

 

 

Lo mejor: algunas reflexiones de Andrea, que son para enmarcar, y metáforas muy conseguidas que denotan un talento extraordinario.

Lo peor: el primer tercio de la novela, quizá demasiado confuso y centrado en los conflictos de la casa de la calle de Aribau.

Henders, bienvenido al último rincón salvaje de la Tierra, de Warren Fahy: Jurassic Park, Alien y El mundo perdido en una coctelera

9788408090502La ventana estaba vacía, solo se veía el cielo azul. Después de que los animales hubieron desaparecido de su vista, Nell se quedó con la mirada fija en el cielo durante un interminable momento. Tres salpicaduras de sangre azul gotearon hacia debajo de la ventana de policarbonato, que, de alguna manera, había resistido el asalto.

 

 

La evolución y la extinción (dos caras de la misma moneda) forman un tema básico dentro de la fantasía científica o tecnothriller desde los inicios del género. Michael Crichton reformuló el concepto con Jurassic Park en 1991, pero la tradición prehistórica o –más concretamente– evolucionista bebe directamente de dos novelistas muy anteriores, uno considerado fundador de la ciencia ficción, y otro menos famoso en este ámbito: me refiero a Jules Verne y a Arthur Conan Doyle. Verne escribió mucho sobre evolución, y aunque en realidad su intención era rebatir a Darwin con teorías creacionistas y antediluvianas en sus obras, a nosotros no nos ha llegado nada de eso. Doyle retomó ese camino con El mundo perdido (1912), juntando dinosaurios, eslabones perdidos y hombres en la misma historia, y este fue seguido de Crichton ochenta años después. Esa es la misma estela que sigue hoy día Warren Fahy.

¿Quiere decir eso que el argumento de Henders: Bienvenido al último rincón salvaje de la Tierra es poco original? No tiene por qué. La historia arranca con el descubrimiento de una isla misteriosa en mitad del Pacífico por parte de un equipo de filmación de docu-shows (más cercano a Gran Hermano que a El hombre y la Tierra, también hay que decir). En esa isla, perteneciente a un supercontinente que se fragmentó hace doscientos millones de años, los protagonistas descubren criaturas que bien podrían ser consideradas alienígenas, porque superan en velocidad, capacidad de adaptación y agresividad a todo lo que puebla nuestro mundo. Hasta aquí no hay elementos nuevos: criaturas monstruosas producto del qué pasaría si de la evolución darwiniana, la eterna isla misteriosa obviada por la cartografía y los satélites, periodistas ambiciosos, tecnología VS. naturaleza, militares y científicos. Una historia de amor. Un villano. Y una pizca de terror. ¿Y ya está? En realidad, no.

Henders es, pese a todo, una novela trepidante. Y lo digo así porque abundan las ocasiones en que el autor aprovecha para verter de manera casi violenta diálogos eternos y debates monstruosos sobre temas científicos que –lo reconozco– a casi nadie importan. Crichton utilizaba la divulgación científica en sus libros para unir esa brecha entre fantasía científica y un público generalista, y lo hacía de un modo magistral. Fahy, en Henders, a mi juicio, no tanto. Pero el ritmo de la historia es eficaz, los personajes funcionan y la emoción y el terror van de la mano en todo momento. Casi puedes imaginar el pánico de esas personas al descubrirse de repente rodeadas por criaturas con seis patas, dos cerebros y extremidades afiladas como cuchillas capaces de asimilar cualquier tipo de sustancia (hasta el metal) como alimento. Es espeluznante, y las páginas se devoran con rapidez, pero falta algo. O sobra.

El problema de Henders no es tanto la falta de novedad como la carencia absoluta de recursos literarios, la inexistencia de un estilo propio y la torpeza de la descripción. En pleno siglo XXI resulta casi chocante que haya autores serios que describan con meticulosidad obsesiva cómo van vestidos sus personajes en todo momento. Es innecesario. Puede que en televisión o cine (o como mucho en historias medievales o futuristas, donde la vestimenta sea totalmente distinta a como la concebimos hoy) el vestuario sea un elemento reseñable, pero no aquí. Lo que al lector le interesa de los personajes es qué sienten, qué piensan, cómo actúan y, sobre todo, qué dicen. El tecnothriller no es un subgénero que se caracterice por la complejidad de su narración, pero ello no es excusa para descuidarla y ofrecer un discurso vago, insulso, más parecido al guión televisivo que a la novela de aventuras. Y es una pena, porque el giro final de Henders es la clave de la obra, lo que salva toda carencia y deja un regusto no muy intenso, pero sí considerablemente cercano a la sorpresa y la novedad. Sobran los romances, los clichés y los maniqueísmos, pero el hallazgo de algo insólito en la isla de Henders pone sobre la mesa lo que tan bien le funcionó a Crichton en su momento, el debate ético y moral de la extinción. ¿Tenemos nosotros derecho a eliminar un ecosistema único e incomparable del mapa solo porque supone un gran peligro para nuestra especie? Juzguen ustedes mismos.

 

 

Lo mejor: La edición del libro, lleno de ilustraciones detalladísimas y preciosas sobre las extrañas y aterradoras criaturas que habitan en la isla de Henders.

Lo peor: la mediocre calidad de la narración y  la pobreza psicológica de los personajes.

Caminos y sueños

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Y tú, ¿tienes un sueño?

No lo digas, no lo pienses, solo siéntelo. Mira en el rincón más profundo de tu ser, en lo más hondo, allí donde no caben la duda, el miedo o la inseguridad. Seguro que es algo que ya intuías, que ya decías de pequeño, cuando la vergüenza no era dueña de tu boca, o puede que no. Puede que no haga tanto tiempo de ese instante en que, un buen día, encendiste la luz del pozo oscuro del alma donde se esconden ideas, planes, metas y deseos. Pero ahora lo sabes, ahora ya  no albergas duda alguna, todos tenemos un sueño, algo escrito a fuego en el envés de nuestra piel, un proyecto, una ambición, un ideal. Yo lo llamo destino.

Ahora sal de tu interior, mira delante y tras de ti, a ambos lados, sobre y bajo tus pies. ¿Dónde estás? ¿En qué punto del laberinto que es la vida te encuentras ahora mismo? ¿En qué parte del camino que conduce a tu sueño te has perdido? Porque ahora también sabes que estás perdido, que poco o nada se parece lo que haces, lo que dices y lo que dices que quieres hacer, a ese sueño que anhelas desde lo más profundo de tu ser. Pero, ¿por qué? ¿Por qué lo has olvidado? ¿Por vergüenza? ¿Por tedio? ¿Por miedo? ¿Porque te has dejado seducir por la rutina? ¿Porque cuesta menos recorrer el camino equivocado una y mil veces que intentar hallar el correcto y arriesgar y fracasar en el intento? ¿Porque para qué soñar, si al final conformarse es lo más fácil, lo más seguro, lo más correcto?

No me mires a mí esperando las repuestas a todas y cada una de esas preguntas. Yo sé lo que quiero ser, y por eso no tengo miedo a equivocarme una y mil veces antes de lograrlo, a sufrir errando y tropezando y cayendo al cambiar de dirección, a llorar de pena, de rabia o de frustración. No. No temo nada de eso, porque al final encontraré el modo, el camino, y cumpliré mi sueño.

 

Y tú, ¿tienes un sueño?

La Edad 2.0

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Suena el despertador. Lo apagas, remoloneas un poco en la cama, miras los Whatsapp de anoche o esta mañana. Un vistazo rápido en Twitter o Facebook antes de armarte de valor, salir de la cama y meterte en la ducha. Coges el metro o el bus, te sumerges en la marabunta de selfies de buenos días que todos desean al resto del mundo en las redes sociales, llegas al trabajo o la universidad. Móvil en silencio y a levantar España. Pero de vez en cuando te distraes, te aburres, o te preguntas sin más qué estará pasando en Cataluña, Madrid o Francia, o en los platós de televisión, o qué disco sale esta semana o cuáles son los estrenos de cine. Al final, caes. Unos cuantos Me gusta en Facebook para las ocurrencias de quienes llenan tu muro, varios corazones a los que sueltan alguna burrada en Twitter de buena mañana, o incluso algún RT, un paseo por los portales de noticias online, una ojeada a la audiencia que hizo anoche tu programa favorito, un repaso rápido de lo que se cuece en tus grupos de conversación. Así hasta que concluyes la jornada de trabajo o las clases, vuelves a casa y comes solo o acompañado, mirando también el móvil, hasta que consumes el resto de las horas del día con el fluir de la rutina y te vuelves a acostar.

La revolución de internet es ya algo tan patente en la sociedad que a duras penas reparamos en lo mucho que han cambiado nuestras vidas en apenas unos años. No hace tanto nuestros móviles eran pequeños, con pantallas en blanco y negro y teclas grandes, duras y ruidosas. No hace tanto el conocimiento era poder, y solo se podía acceder al mismo preguntando a alguien mayor, consultando una enciclopedia o yendo a la biblioteca. Ahora el conocimiento es tan anodino como innecesario. Para qué aprender, para qué saber, para qué entender, si absolutamente todo lo que algún día podamos preguntarnos está al alcance de un insignificante clic. No hace tanto el ocio era en parte aventura: ir al cine a ver qué echan, pasear sin más por las calles, los parques y jardines, sentarse en un banco con amigos y comer pipas mientras se contaban las grandes o pequeñas anécdotas de la semana, viajar, hacer fotos con la ilusión de luego ir a revelarlas,  llamar por teléfono y quedar con esa persona especial para decirle lo que llevabas tanto tiempo soñando por las noches. Y ahora el ocio es comprar por internet, chatear por internet, ver vídeos en internet, jugar online, publicar en masa las fotos de los cumpleaños, escapadas o viajes (porque cómo sabría la gente lo que hago o adónde voy si no) o vivir pendiente de lo que les pasa a los demás. No hace tanto tiempo, en realidad, que el mundo 2.0 lo ha cambiado todo. Y yo me pregunto: ¿ha sido a mejor?

Resulta difícil ser consciente del tiempo que perdemos cada día en presenciar, como si de un desfile se tratara, los acontecimientos que amigos, conocidos y completos desconocidos van relatando en la red. Twitter sirve para estar informado constantemente de lo que pasa en el mundo, sí, y Facebook es muy útil para mantener el contacto con gente que quieres pero está lejos de ti. Pero no nos engañemos, nosotros no usamos estas dos redes sociales ni ninguna otra del mismo tipo para únicamente esas dos cosas. Lo hacemos para espiar. O puede que no para espiar, ya que todos exhibimos nuestras vidas de manera consciente, pero sí por el siniestro y masoquista placer de saber qué piensan, hacen, comen y dicen los demás, y para que los demás hagan lo propio de nosotros mismos.

Nos pasamos horas y horas mirando pantallas planas que solo nos muestran una parte de los demás. Y lo sabemos, lo peor es que sabemos que nada de eso es real (o solo una mínima parte), pero nos engañamos o nos fingimos engañar. Porque ¿qué hay más gratificante hoy día que sentirse envidiado por el resto, saber que viajamos más, vamos a locales más de moda, nos hacemos mejores fotos en el espejo del cuarto de baño, tenemos amigos más guapos, vamos a más conciertos y festivales y maratones, hacemos más deporte y leemos más, estamos más unidos a nuestras familias y nuestra vida sentimental es más plena, más perfecta, más genial? Más, más y más. Más Me gusta, más RTs, más fotos, más vídeos, más risas, más filtros, más más. Llega un momento en que dedicamos más tiempo a saber qué están haciendo otros que a hacer cosas nosotros mismos. Llega un momento en que vivimos por y para mostrar, por y para exhibir, y nos olvidamos de disfrutar del instante mismo de la existencia.

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¿Cuántas veces has quedado con tus amigos en las últimas semanas? ¿Cuándo has llamado por teléfono a alguien que está lejos para oír su voz? ¿Cuándo has dicho te quiero o ánimo a alguien que lo necesita en lugar de enviarle por Whatsapp o mensaje privado un emoticono con ojos de corazón o lanzando un beso? ¿Por qué nos hemos vuelto tan frívolos como para desnudar nuestra opinión y nuestro cuerpo ante personas que no nos importan, pero luego nos sentimos como extraños rodeados de gente real? ¿En qué momento de este nuevo milenio, del siglo XXI o de la Edad Contemporánea la sociedad ha cambiado tanto como para dejar atrás nuestro modelo de vida y adoptar una apariencia falsa, una ambición superficial, un vivir por y para los demás, por y para que los demás vean y sepan de mí una versión de mí mismo que no existe?

Una vez asumes y aceptas todo esto, ya no hay vuelta atrás. Te sientes tonto, ridículo, infantil. Las redes sociales, internet y el mundo virtual han revolucionado tantos campos como podamos imaginar, las relaciones humanas, la economía, la cultura, el acceso a la información, los medios de comunicación, la capacidad de opinar, de elegir, de compartir y de llegar a todos los rincones del planeta desde el escritorio de casa. Pero al mismo tiempo hemos perdido mucho por el camino. No hay un día que vaya por la calle y no vea madres paseando a sus bebés con una mano en el móvil y la otra en el carricoche, a grupos de críos que solo miran sus pantallas y a gente que solo sabe relacionarse y hablar con la imagen que crean ellos mismos de otras personas que nunca conocerán. Gracias a la Edad 2.0, ahora nos cuestionamos constantemente hasta el amor. Porque, con tanta gente ahí fuera, ¿quién nos dice que hallaremos a la persona correcta?, y, ¿cómo conformarnos si seguro que hay alguien todavía mejor, todavía más idóneo, todavía más perfecto?

Escribo esta reflexión mientras al otro lado de la ventana el día comienza a despuntar. Ya casi es diciembre pero aquí todavía hace calor. Creo que saldré a dar un paseo, a disfrutar de la cálida caricia del mediodía en la piel. Llamaré a unos amigos y les propondré hacer una escapada. Hablaremos, reiremos, recordaremos y haremos planes. Comeremos por ahí y por la tarde no sé qué pasará. Prefiero que la vida me sorprenda, que me dibuje caminos en las aceras, y que me llene de anécdotas e historias los días. Mejor vivir una vida que sea mía, aunque imperfecta, antes que estar pendiente de la de los demás.

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