#10 Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo, Elif Shafak, Lumen, 2020

Leila consideraba que nadie debería ambicionar tener más de cinco amigos. Uno solo ya era una suerte. Las personas más afortunadas podían tener dos o tres, y las nacidas bajo un cielo sembrado de estrellas brillantísimas, un quinteto…, más que suficiente para toda una vida. No era prudente buscar más, pues quizá entonces se corriera el riesgo de perder a aquellos en quienes se confiaba.

La última novela de esta prolífica autora, hija de diplomáticos turcos, resultó finalista del Premio Booker, y nos retrotrae a la Estambul convulsa, viva e intensa de mediados del siglo XX. La ciudad, sumida en un intenso terremoto cultural y religioso, es el destino de una adolescente que después conoceremos de adulta como Tequila Leila, una más de las muchas mujeres que huyen de hogares llenos de abusos y represión en busca de libertad. La novela arranca con un seísmo: Leila ha muerto; su cadáver yace a las afueras de Estambul, pero su mente, todavía activa, empieza a pensar. Esos pensamientos saltan entonces entre los recuerdos de los aromas y sabores de la vida de Leila: desde la sal de su nacimiento hasta el cardamomo de la calle de los burdeles de Estambul, pasando por el azúcar y el limón de su infancia o el ácido sulfúrico que un cliente le lanzó sobre la espalda. Asistimos así a la reconstrucción del pasado de la protagonista de la mano de una memoria agonizante y parcial, pero aún llena de vida, y conocemos de ese modo a las cinco personas más importantes para Leila, sus cinco amigos, aquellos que mientras ella expira la están buscando por toda la ciudad.

La familia de agua se formaba mucho más tarde y en gran medida se la creaba una misma. Si bien era cierto que nada podía reemplazar a una familia de sangre alegre y afectuosa, a falta de esta, una buena familia de agua podía borrar el daño y el dolor acumulados en el interior como negro hollín. Así pues, era posible que los amigos tuvieran un lugar especial en el corazón de una persona y ocuparan un espacio mayor que toda su familia junta. Sin embargo, quienes no habían vivido en carne propia el rechazo de sus parientes no comprenderían ni en un millón de años esa verdad. Jamás entenderían que en ocasiones el agua tira más que la sangre.

“Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo” es un canto de amor-odio a una ciudad inmensa y maltratada, femenina y por tanto acordonada históricamente por una red de violencia e intolerancia sistémicas. Ese amor será el que Leila acaba encontrando en sus cinco compañeros: Sabotaje Sinán, Nostalgia Nalán, Yamila, Zaynab122 y Hollywood Humeyra; y ese odio será el que todos y cada uno de ellos habrán sentido alguna vez, y el que ha terminado dejando el cuerpo sin vida de Leila en un contenedor sin causa ni motivo aparente. Amistad, religión, amor, intolerancia, prostitución, búsqueda de la identidad, sororidad, hermanamiento, vida y muerte van tejiendo este relato en el que pasado y presente se turnan como los recuerdos furtivos de Leila para construir una verdad: nos depare lo que nos depare el destino, haya más luz o más oscuridad en el camino que nos toca recorrer, siempre hay rincones cálidos a nuestro alrededor llenos de amor y ternura capaces de unirnos, incluso después del final, y que hacen que todo lo demás merezca la pena.

#9 Vozdevieja, Elisa Victoria, Blakie Books, 2020

Este es el secreto de la religión. Te dan un susto y luego te acarician el lomo. La puerta de la iglesia cada vez está más cerca. Permite, Señor, que esta sierva recién ingresada al catolicismo no vuelva a verse frente a un altar, porque eso significará que ha vivido mi madre. Compréndelo, Señor. Tú sabes que estando ella no necesito otros dioses.

La primera novela de Elisa Victoria nos devuelve a la Sevilla de principios de los 90, donde dibuja un seno familiar desestructurado y aun así asentado con fuerza sobre pilares femeninos para contarnos la historia de una niña, Marina, llamada Vozdevieja en el colegio por su forma de expresarse y que tiene todavía un pie en el tiesto de la infancia y otro muy fuera de él. El lapso de tiempo que Victoria escoge como marco de la historia es un verano de Marina en el que nada trascendental ocurre y en el que sin embargo toda su vida puede cambiar. Su madre enferma la lleva, antes de que acabe el curso, a un convento de huérfanas, donde planean bautizarla e inscribirla solo por lo que pueda pasar. Su padre sigue ausente, lo que no obstante todavía se traduce a veces en un aguijonazo de dolor. Y su abuela es su gran aliada, aquella que la lleva a la playa antes de tiempo, quien duerme con ella siestas tórridas e interminables y le hace filetes empanados y berenjenas fritas. La niña que aún disfruta con muñecas aunque empieza a atisbar ya el peso real del mundo, va dejándose llevar por ese último verano lento y pesado de la infancia, uno con horas muertas en las que pensar y hablar —con voz de vieja— sobre la última vez que vio a su padre, lo mal que se llevan su abuela y su madre, y el abismo que parece a veces abrirse siempre más allá de agosto.

Cuando yo veo padres, hermanos o abuelos, pero sobre todo padres, un gran vacío se me abre de repente en el estómago, como un precipicio de hambre que no se puede aplacar por muchos helados que te comas. También me pasa a menor escala con la nieve. Ver una cena navideña en la tele, la familia abrigada, las luces, los muñecos con zanahoria por nariz, oh, parece perfecto, y a veces será bonito, pero Domingo tiene razón en que no hay que embelesarse tanto con esas películas, que solo nos venden sueños baratos. La nieve tiene su gracia, me dice Domingo, pero al rato te das cuenta de que está fría y sucia y de que te corta las manos. Yo nunca me he sentado en las rodillas de un padre como nunca he tocado la nieve, pero sé que la gente del norte fantasea con el verano sureño como si fuera un oasis de palmeras y alegrías cuando para mí acaba siendo poco más que una charca en la que las pobres ranas se mueren de sed.

El fin de la inocencia vertebra así este relato precioso en el que abuela, madre e hija forman un triángulo lleno de aristas y recovecos. Si bien la voz de la protagonista, de vieja y niña a la vez, es lo que muchos señalan como el hallazgo del libro, para mí son los personajes, secundarios o no, vívidos, sensacionalmente descritos y colocados, lo que baña esta novela sencilla pero reverberante con originalidad y luz. Desde el brillo de los vestidos que Marina pronto tendrá que dejar de llevar al crecer y dejar de ser una niña hasta la escatología más tonta o la sombra de la muerte siempre acechante y el olvido de un padre inexistente, “Vozdevieja” se articula como un texto nada ambicioso y aun así tierno, divertido, triste y nostálgico a la vez, como la infancia.

#8 Las olas, Virginia Woolf, Lumen, 1931

Este es nuestro mundo, iluminado por lunas crecientes y estrellas de luz. Grandes pétalos casi transparentes cierran las salidas como ventanas de púrpura. Todo es extraño. Las cosas son inmensas y muy pequeñas. Las hojas están altas como cúpulas de vastas catedrales. Aquí tendidos, somos gigantes capaces de hacer que los bosques se estremezcan.

Virginia Woolf firmó “Las olas” en 1931, tres y cuatro años después de que acabara “Orlando” y “Al faro”, obras con las que confesó en sus diarios haber alcanzado la libertad creativa total. Es por eso que a menudo se la considera su novela más difícil, porque Woolf se halla a sí misma liberada de corsés narrativos y al mismo tiempo que experimenta con la forma se adentra más y más en una recta vital de introspección que curiosamente, quizá, la acabara por desconectar del mundo. Es por eso que “Las olas” es un texto de vanguardia completo, definitivo, brutal. En él Woolf desarma el género de la novela, inmola al narrador y lanza sobre el papel los flujos de conciencia turbulentos y profundos de seis personajes que se cruzan en la infancia y reaparecen y desaparecen los unos en las vidas de los otros hasta la senectud.

Iré a casa en taxi. Llenaré los jarrones con abundantes y lujosas flores extravagantes que, formando grandes ramos, inclinarán la cabeza. Pondré una silla aquí, y otra allí. Dejaré cigarrillos al alcance de la mano, vasos, y un libro nuevo, aún por leer, con alegres cubiertas, por si vienen Bernard, o Neville, o Louis. Pero quizá quien venga no sea Bernard, ni Louis, ni Neville, sino alguien nuevo, alguien desconocido, alguien con quien me he cruzado en una escalera, y, volviéndome un poco, al pasar, le he murmurado “Ven”. Vendrá esta tarde alguien a quien no conozco, alguien nuevo. Que el silencioso ejército de muertos descienda. Yo sigo adelante.

El ir y venir de estas voces íntimas, inconexas a veces y reverberantes otras, hace que “Las olas” parezca más un intenso poema en prosa sobre la naturaleza del hombre y la imposibilidad de la percepción y el entendimiento con el otro, que una novela en sí. Un lirismo plástico, colorido y denso le sirve a Woolf como marco perfecto con el que acotar los pensamientos de sus protagonistas, llenos de infinitas y dolorosas reflexiones, hallazgos y confesiones sobre el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia, la muerte, la sociedad, el sexo, la moral, la vocación artística, el sentido de la vida o la ausencia de aquel. Aunque duro, aunque tortuoso, aunque incognoscible, ese trayecto que dibujan las olas al comienzo de cada capítulo al romper contra la orilla en un batir eterno y circular vierte sobre nosotros un eco, una llamada, una señal: el tiempo y la vida no descansan, fluyen como agua entre los dedos, y no los podemos atrapar.

#7 En la Tierra somos fugazmente grandiosos, Ocean Vuong, Anagrama, 2020

Baja la mirada mientras te lo cuenta, interrumpiendo el ritmo con pausas extrañas; de cuando en cuando cae casi en el suspiro, como un hombre que limpiara su fusil al alba mientras habla consigo mismo. Y yo le dejo que controle su mente. Y le dejo vaciarse. No le detengo porque cuando tienes nueve años no puedes detener nada.

Ocean Vuong firma uno de los libros LGBT del año con la que es su primera novela, una suerte de larga carta en prosa —por momentos poética— dirigida a su madre. La primera parte es más tradicional; Vuong se sirve de la moda testimonial y de los orígenes de su familia —son migrantes vietnamitas en EE. UU.— para indagar en su infancia y su hogar, formado por su abuela, que vivió atrocidades y penurias en Vietnam durante la guerra, y su madre, con la que mantiene un vínculo complejo lleno de aristas. Vuong comprende rápidamente que su pasado, su niñez, es a la vez el pasado de su madre y de su abuela, marcado por el contexto bélico y racializado en que él nació y ellas vivieron, no solo antes de emigrar, también después. El frágil estado en que se encuentra su abuela, aun no siendo tan mayor, es reflejo mismo de las miserias por las que todos ellos, por su mera condición ser, se ven atravesados. Pronto la pobreza y la raza hallarán también en él su propia herida identitaria, su orientación sexual, una razón más con la que tamizar su existencia, un motivo más que confesar a su madre, una mancha más.

Después de correrse, cuando trató de sujetarme, con los labios en mi hombro, lo aparté de mí, me puse los bóxers y fui a enjuagarme la boca. A veces, que te ofrezcan ternura lo sientes como la prueba fehaciente de que te han dejado maltrecho.

Tras la explosión de su sexualidad y de su propio reconocimiento ante el mundo —y después de pagar el peaje que requiere tal descubrimiento, de dolor, marginalidad y vergüenza—, Vuong se adentra en la segunda parte de la novela en un ejercicio mucho más poético y onírico en busca de las ciénagas del acto creador. El discurso se fragmenta, los acontecimientos y episodios van y vienen, las escenas ya contadas se recuperan, los nombres propios, su madre ruda, su abuela moribunda, su padre ausente y maltratador, su abuelo tierno, Trevor, su primer amor, todo emerge y se hunde continuamente en una búsqueda incansable de sí mismo, en una justificación sobre el valor del camino recorrido, en un canto a la belleza efímera que todo lo toca y todo lo abandona. Vuong quizá peca de pretencioso con un primer libro conmovedor y testimonial cargado de potencia y lenguaje, de ambición y fuerza, pero ello es un ejemplo más de lo fugaz que somos, de nuestra grandeza inasible, de nuestro paso tembloroso pero bello por la Tierra.

#6 Canto yo y la montaña baila, Irene Solá, Anagrama, 2019

Y entonces lo oí. El ruido. Pum. El estallido más terrible que he oído en mi vida, el más ensordecedor, el más desgarrador. Como si todo fuera a morir después de semejante estampido. Y nunca más fuera a crecer ningún brote, ni ningún pájaro fuera a cantar, ni el agua volviera a mojar, ni volviera a salir ningún sol. Un ruido como un mal. Y creí que ese ruido me mataría. Me mataría como a todas las cosas que morirían después del ruido. Me moriría yo, porque el ruido me había elegido. Adiós, bosque. Adiós, madrugadas. Adiós, pájaros. Adiós, sol. Adiós, corzo, que soy yo. Adiós, corzos, que son los otros. Pero no me morí y las patas siguieron corriendo, y corriendo y corriendo y corriendo y corriendo y corriendo y corriendo.

“Canto yo y la montaña baila” es la segunda novela de Irene Solà, que desde su publicación el año pasado ha acumulado premios y no ha dejado de crecer como cuasi debut literario de gran envergadura. Originariamente escrita en catalán, la novela aspira a ser un abanico inclasificable de voces que van desde lo más poético a lo más narrativo en pos de edificar, mediante escenas y fragmentos, el cosmos de una región montañosa a los pies del Pirineo catalán. El tiempo fluye, los narradores saltan y los acontecimientos zigzaguean entre páginas que tan pronto reparan en la lluvia que cae sobre un racimo de setas a punto de ser recogido por un campesino como describen la llegada al pueblo de un turista. Es en el cambio de registro, así como en la belleza del lenguaje, donde la novela brilla, plasmando en último término no solo la naturaleza hermosa y brutal de la montaña, sino también las relaciones humanas que se tejen a sus pies.

La pendiente de la montaña me queda a la izquierda. A medio camino veo a un joven de pelo oscuro con un bastón, va paseando. Reduzco. ¿Quién pasea por este camino con este tiempo?, pienso. ¿Quién es? Va a casa de Mia. Es joven. Y nos cruzamos. Pero cuando paso a su lado vuelvo la cara hacia abajo, hacia la montaña y el río. La vuelvo de golpe, rapidísimamente, y lamento no saludarlo, pero es que no puedo. Estoy cansada. No quiero ver todas esas sombras y todas esas cosas tristes que se le agarran a la chaqueta.

Solà escoge con maestría qué hilos desenredar de la madeja del bosque y el pueblo, y lo que es más complicado: otorga autenticidad a cada una de esas piezas con las que el lector, paciente, debe ir construyendo una imagen global. Desde los ecos de la guerra civil hasta la actualidad más imperante —con el regreso de las nuevas generaciones a regiones rurales, huyendo de la gran ciudad—, la fantasía y lo real se funden en una mezcla no solo bien medida, también de una increíble fragilidad. El equilibrio de la vida y la muerte, la relación del hombre con los animales, la mitología pirenaica, los cuentos de brujas, el agua, la tradición y lo anodino, lo fantasmal y también la pérdida, el accidente, el amor, todo ello es “Canto yo y la montaña baila”. Con esta novela podemos sentir que corremos y respiramos y bebemos el bosque como si fuéramos un corzo, y también vivir la inercia de los pueblos de montaña, el peso de su duelo y su silencio, sí, pero también la belleza de sus raíces.

#5 El dolor de los demás, Miguel Ángel Hernández, Anagrama, 2018

Algo se soltó por dentro y ya no pude parar. Y no sabía por quién lloraba, si por mi amigo, por su  hermana, por el pasado, por todos  los fantasmas que habían aparecido frente a mí, o si en el fondo lo hacía por mí mismo, por ese yo que había visto y que aún no sabía nada de la vida, ese yo que sollozaba porque había muerto su amigo pero no era consciente de todo lo que iba a llegar después, todo lo bueno y todo lo peor.

Después de resultar Finalista del XXXIII Premio Herralde con “El instante de peligro”, Miguel Ángel Hernández volvió la vista hacia sí mismo y sus orígenes en la que fue su tercera novela. “El dolor de los demás” es un viaje a caballo entre la autoficción y el relato detectivesco en el que el autor se asume como narrador y personaje alrededor de la noche de su adolescencia en que su mejor amigo y vecino en la huerta de Murcia asesinó a su propia hermana y se tiró por un barranco. La noticia, por supuesto, conmocionó no solo los alrededores de la región durante aquella noche y las siguientes en que duró la investigación, sino también los cimientos de su propia juventud, emborronados por el tiempo en forma de tabú. El silencio y la pérdida de su amigo, la demolición de las dinámicas y amistades ya implantadas en la huerta, y su propia huida hacia la ciudad, hacia los estudios y el arte y lo elevado, forman el tuétano de esta novela introspectiva y honesta. Con la excusa de reencontrarse con su yo, de enfrentarse a fantasmas y de sacar literariamente algo que le consume las entrañas, el autor iniciará entonces a la par que recuerda el fatídico crimen una investigación cercana a lo policial.

Veinte años después, cuando escribas una novela, recordarás ese cuaderno de garabatos sin forma y pensarás que ahí estaba condensado todo lo que sentiste. Intentarás evocarlo con palabras y serás consciente de tu fracaso. Aún no lo sabes, pero ya lo intuyes: las palabras siempre fallan; la escritura nunca llega al fondo de las cosas. Con suerte, lo bordea, lo toca, puede rozar la herida. Pero ese lugar siempre permanece oscuro, opaco, indescifrable, como los garabatos que ahora decides desechar.

¿Qué es la verdad? ¿Está él preparado para conocerla? ¿Es digno de ella? ¿Hasta dónde llega la autoría del dolor que sufren otros y a nosotros nos golpea? ¿Cómo podemos avanzar tranquilos sabiendo todo cuanto queda atrás? ¿Qué lugar ocupa el arte, la escritura, en ese viaje inmunizador y lacerante a la vez que es la memoria? Estas y otras preguntas son las que motivan a Miguel Ángel Hernández para indagar en su pasado y el pasado de vecinos, familiares y amigos, para desenterrar el homicidio que su mejor amigo cometió veintitantos años atrás, para buscar sentido donde solo hay sombra y para prepararse a sí mismo por si, al final del camino, la única respuesta a su alcance es que no está en su mano plantear pregunta alguna. Pasado, trauma y arte conforman en “El dolor de los demás” un juego creativo y una hazaña literaria exquisita, una mirada tierna y sincera al pozo que todos tenemos dentro, y del que a veces no podemos escapar.